La pelea de los dioses

La pelea de los dioses



Más allá de las estrellas existe un universo contenido en una bóveda de acero ensamblada con grandes vigas combadas, unidas entre sí por un fino tapiz de hebras metálicas laboriosamente tejido. A algunos les resultaría una gigantesca jaula de Faraday, pero tiene una diferencia crucial: la jaula no está hecha para proteger a sus habitantes, sino que aísla al universo de una pelea que se desarrolla en su interior entre dos seres de aspecto monstruoso. Son homínidos gigantescos y poderosos; sus brazos son capaces de sacudirse una supergigante azul como un humano se sacude un mosquito. Sus piernas provocarían incontables supernovas al caminar a través de una galaxia. Son como dioses hechos de un engrudo amorfo que supura carne y cascadas de chispazos de soldadura por sus extremidades. Incontables engranajes y relés, que se extienden cada vez más pequeños como un cáncer de muñecas rusas electromecánicas, les sirven para articular movimientos contundentes pero torpes. Un sistema nervioso de conmutación de paquetes envía y recibe órdenes a través de sus cuerpos. En una parte de esta argamasa de hierro y músculo hay dos oquedades con un par de radiotelescopios incrustados. Otra caverna más grande tiene treinta y dos monitores afilados, cada uno de ellos del tamaño del lago en el que Saturno flotaría; podría decirse que es algo parecido a una boca. Dos pares de cinco pistones, fusionados cada uno con un cilindro de hueso del grosor de un cinturón de asteroides, se doblan por unas arandelas formando dos enormes puños de aleación de plomo y mercurio. Los golpes les magullan, pero siempre encuentra la forma de regenerarse y volver a la pelea.

Un día, la lucha alcanzó tal grado de violencia que uno de los dioses mordió al otro en una de las protuberancias que había entre los radiotelescopios y la boca. Piezas y células saltaron por los aires en una salpicadura cobriza y sangrienta. Eran tres o cuatro centenares de diminutos despojos que resultaban muy particulares. Las células arrancadas tenían brazos, piernas y una cabeza claramente definida, y tenían un aspecto juvenil. Estaban unidas entre ellas mediante enlaces de comunicaciones inalámbricas que antes del mordisco habían sido parte del sistema nervioso del dios. Las células estaban ahora silenciosas e inertes, como correspondía a quién ha sido arrancado y arrebatado de todo lo que conoce. Las piezas tenían un aspecto aún más asombroso. Se doblaron sobre sí mismas y, tras fuertes espasmos, se desintegraron en limaduras de metal encorvadas que sujetaban garrotas desgastadas o apoyaban sus cuartos traseros en sillas desvencijadas. Las limaduras parecían estar hechas de unos materiales parecidos a los de las células muertas, pero estaban avejentadas y desgastadas. Salvo por el roce natural provocado por su uso –nada que un poco de aceite de Palmadita en la Espalda no pudiera solucionar-, tampoco emitían sonido alguno.

Esos despojos, insignificantes e minúsculos, se colaron justo dentro del área de cobertura de los radiotelescopios de los dos dioses, y la información contenida en las ondas de radio que les habían interconectado fue captada por los radiotelescopios y retransmitida a través del cuerpo de ambos dioses, como se hacía de manera rutinaria. Pero el efecto no pudo ser más inesperado: la lucha se congeló. Los engranajes de ambos dioses, en otro tiempo obedientes como burros de metal con anteojeras, chirriaron humeantes. Su musculatura perdió consistencia, como un globo deshinchado. Los brazos de los que colgaban los pistones se volvieron fláccidos. Pero sólo fue por un breve tiempo. El dios que antes había propiciado la mordedura le lanzó una gigantesca botella verde con una etiqueta al otro, en la que estaba grabado “MENTIRAS”. El dios herido la abrió con los monitores de su boca y aplicó una parte de la solución. La hemorragia se detuvo en seco y las piezas perdidas que flotaban desperdigadas se desvanecieron tan pronto como el vapor que salía de la botella les tocó. Para terminar, el dios sacó una jeringa y, tras llenarla con una gran cantidad del líquido, inyectó su contenido directamente a su sistema nervioso. Cuando la mejoría fue evidente, el otro dios se le acercó y con un tono de voz conciliador le dijo:

- Discúlpame por lo que he hecho antes. Una sana rivalidad es una cosa, pero otra muy distinta es llevar las cosas al extremo –señaló.

- Es cierto –replicó el otro-. Debemos pensar en nuestra responsabilidad de guiar al universo. ¿Qué sucedería si dejáramos de existir? ¡Sería el caos!

E inmediatamente después los dioses volvieron a la lucha. Sin embargo, los golpes que se intercambiaban sonaban ahora quebradizos de alguna manera. Algunas células y limaduras de metal que se encontraban dentro de los dioses habían reaccionado químicamente al ponerse en contacto unas con otras, y estaban secretando un ácido correoso, accidental o deliberadamente.