Luz y oscuridad

Tumbado en la cama, jugueteaba con el interruptor de la luz mientras estaba absorto en mis pensamientos. Oscuridad. Luz. ¡Click! Estaba ante una de las decisiones más importantes de mi vida y yo me dedicada a encender y apagar la luz. A oscuras, esperaba una llamada para la cual no tenía respuesta. Con sólo dos opciones delante. Sonreí, dándome cuenta de lo que trataba de decirme a mí mismo con ese sencillo gesto tan monótono. Luz y oscuridad. Blanco y negro. Ying y yang. Bueno y malo. Parece que vivimos en un mundo binario, en el que se es ó no se es; en el que ganas ó pierdes. Y no sólo eso, parece que en los tiempos que corren, la oscuridad está ganando la partida.
Pero la dualidad es el modo simple de ver las cosas. Luz y oscuridad por ejemplo. La oscuridad no es más que la ausencia de luz y, físicamente, esto es improbable. La luz es radiación y la radiación se encuentra incluso en los confines más “oscuros” del universo. Ahora mismo estaba a oscuras en mi habitación pero mis ojos ya se habían acostumbrado a ella y podía distinguir mis manos, la mesilla al lado mía, el móvil encima de la mesilla... Por lo que seguía habiendo radiación pero en menor cantidad. El poder que tiene la luz no acaba ahí, es más, estamos sólo rascando la superficie. La luz es blanca. Este blanco es debido a la suma de todos los colores como fácilmente se puede comprobar algunas veces que llueve y observamos ese precioso fenómeno denominado arco iris. Además, la luz se puede descomponer en colores, y para observar verdadera oscuridad tendríamos que visitar las proximidades de un agujero negro. Nuestras dos opciones se han esfumado, ¿dónde queda la dualidad entonces?
¡Click! De repente, en el mismo instante en el que volvía la luz al apretar el interruptor, me di cuenta que tenía más opciones de las que veía. La ceguera se disipó mostrándome diversas posibles respuestas a mi anterior pregunta, aunque tal vez una de las más elegantes fue la dada por Bragg. Para este físico británico, una vez fijadas las condiciones del sistema, el “color” de la luz depende de la dirección de incidencia. En otras palabras: ante un problema, el resultado vendrá determinado por el ángulo con el que lo miremos. Me vino el ejemplo de cuando quise decorar mi habitación, valiéndome para ello de aquel año de instituto en el que estudié dibujo técnico. Si sólo dibujase el alzado y la planta mi descripción sería correcta pero inacabada. Si añadiese el perfil, sumaría otro ángulo a la descripción de la habitación lo que ayudaría a formar una imagen más completa. Planta, alzado y perfil describen la misma realidad pero desde puntos de vista diferentes. De esta forma, no sólo se elimina el problema de la dualidad, sino que se descubre una amalgama de nuevas posibilidades. Que sencillo parece describirlo y que difícil aplicarlo. Si fuera tan fácil tanto arquitectos como físicos estarían a años luz en la toma de decisiones.
¡Click! La oscuridad volvió a mi habitación, recordándome que el móvil no había sonado todavía. Antes sólo distinguía dos posibilidades: llamar ó esperar la llamada. Ahora, veía más “colores”: podía apagar el móvil, olvidarme de la llamada, hacer que me llamasen, preguntar a algún amigo… Al tener una respuesta al problema de la dualidad se nos plantea otra pregunta: ¿Qué color es mejor? Tal vez esta pregunta sea imposible de contestar. Todo dependerá del momento, situación, objetivo… y el color que elija una persona puede no ser el mismo que por el que se decante otra. Aunque si somos capaces de ver todos los colores que nos ofrece la luz, podremos escoger con mayor acierto el color que resuelva nuestro problema. Al hacerlo, tendremos que procurar que el día de mañana no nos arrepintamos de nuestra elección. Es tortuoso dejar por el camino un: y si…?
Estando a oscuras pude detectar instantáneamente como se encendía la luz de mi móvil. Me estaban llamando. Una sonrisa se dibujó en mi cara. Y es que no hay que olvidar que solamente en la oscuridad es donde realmente puede brillar la luz.