Mitad vida, mitad tiempo

Hay personas que le hablan a su perro con la certeza de que no podrían encontrar un interlocutor más comprensivo. Otros les compran juguetes de fieltro a su gato, aunque éste les siga observando de forma lejana y esquiva, como recién llegado de otro mundo. Los gitanos adoraban a los osos, les fascinaba la idea de poder convivir con un ser que pertenecía a los bosques y que en cualquier momento les podría matar. Incluso hay quien se encapricha con loros neuróticos o con sigilosas iguanas.
Pero, que sepamos, nadie disfrutó jamás de una mascota tan especial como el cocodrilo fósil de Gabriel Meshen.
Durante meses acudió, después del trabajo, al Museo de Paleontología. Armado con un cepillo de dientes, una espátula y un pincel, frenaba las prisas con las que llegaba al museo cada tarde, y se disponía a retirar con mucho cuidado el relleno geológico que se había depositado entre los pliegues del animal durante millones de años. A medida que los estratos de polvo antiquísimo desaparecían, empezaron a asomar los alveolos, las escamas y los delicados perfiles geométricos del reptil. Cada nuevo milímetro que dejaba al descubierto era como una revelación, un ritual en el que Gabriel -oficiando de mago- acompañaba al cocodrilo en un viaje de ida y vuelta hacia el vértigo de un pasado tan profundo que no le cabía en la cabeza. Con cada golpe de pincel, el aire volvía a acariciar la superficie resistente del animal, que soportaba -agradecido y manso- su inesperado renacer.
De la misma manera que podríamos definir a una sirena como “mitad mujer-mitad mar”, ese fascinante ser era “mitad vida-mitad tiempo”, una simbiosis perfecta entre la biología y la geología, las dos pasiones de Gabriel.
El encierro diario en el subterráneo del Museo le proporcionaba una extraña sensación de libertad y tenemos datos para demostrar que esa experiencia le dio los arrestos con los que afronta ahora su vida: esa mezcla de entusiasmo y serenidad que poseen los que se han asomado a un abismo y ya no les impresionan les espasmódicos movimientos de la realidad más inmediata.
Fue él quien encontró el fósil. Estaba esperándole en una cornisa inaccesible del Monte Perdido, en el Pirineo de Huesca. El tramo era difícil, con ese plus de peligro que animaba sus salidas geológicas. Caminaba junto a su mujer, fijándose bien en el suelo para esquivar cualquier piedra que mostrase la falsa firmeza que precede a los desprendimientos. El sol le escocía en los ojos y el calzado le pellizcaba una molesta llaga en el empeine. Se apoyaron en una roca para descansar un momento y entonces fue cuando lo vio: una ristra de dientes alineados en una mandíbula triangular asomando por entre la roca calcárea. Después otros restos del cráneo, más dientes… y una descarga eléctrica recorriendo el espinazo del biólogo más feliz del mundo. Fotografías, referencias cartográficas, y regresar a la civilización con la sensación de caminar unos centímetros por encima del suelo de esa montaña fría que una vez fue un mar cálido.
Fue complicado acceder de nuevo, al cabo de un mes y muchos contactos, con un grupo de expertos y la maquinaria necesaria para extraer el bloque de roca que englobase todos los restos, pero se consiguió.
Después vinieron las tardes con el pincel, la reseña en el National Geographic, la beca para ir a Zurich a tomografiar el cráneo (760 cortes para discernir el hueso del sedimento), la reproducción en tres dimensiones del cocodrilo, la exposición… las promesas de continuar trabajando en él, y finalmente el olvido en el almacén de un museo de Zaragoza.
Ahora Gabriel anda ocupado en otros asuntos. Su trabajo le requiere y ocupa por completo todas las horas que nos son dadas cada día. Pero él conoce la verdadera dimensión del tiempo y no se deja engañar por este vértigo de horas nerviosas. No tiene prisa. Si su mascota ha esperado cincuenta y cuatro millones de años, él podrá contener su impaciencia. Está esperando a jubilarse para volver al museo, y - pincel en mano- meterse en el túnel del tiempo y vibrar con el pulso de los eones.

Seudónimo: Marcel