La quinta pregunta

Siempre había sido buena en matemáticas. Le gustaban. No le costaba estudiarlas y pasarse horas haciendo ejercicios extra hasta entrada la madrugada, por puro placer, disfrutando como una violinista dominando su arte.
Incluso en los exámenes disfrutaba. Se había ganado una reputación en el instituto porque cuando a otros apenas les daba tiempo de contestar en una hora de examen los dos grupos de cuestiones de tres posibles, ella contestaba los tres. Sistemáticamente. Aizpurua, su profesor, le decía en voz bajita que, aunque su boletín de calificaciones dijese que tenía un diez, los dos sabían que merecía un quince.
Sin embargo, este examen era diferente. Apenas había pasado un mes desde su operación y aunque los médicos le aseguraban que todo sería normal, Leire no lo tenía tan claro. Se notaba..., diferente y, aunque era solo un parcial ella quería, necesitaba, probarse.
El parcial constaba de cinco preguntas y no tenía opciones, lo que era un alivio. Leire se sorprendió a sí misma respondiendo las cuatro primeras con relativa facilidad, aunque su inseguridad la había llevado a repasar meticulosamente cada uno de los desarrollos de las cuatro respuestas, perdiendo un tiempo precioso. Solo le quedaban quince minutos para la quinta pregunta.
La quinta pregunta no era como las otras. Aquéllas eran puramente algebraicas y se podían responder simplemente manipulando letras, números y operadores con lógica y destreza. Pero la última invitaba claramente a una resolución gráfica. Aunque era posible una algebraica, ésta tenía toda la pinta de ser demasiado larga y complicada, y la posibilidad de equivocarse, sin tiempo a corregir, era alta. Por otra parte, Leire no se sentía a gusto con la aproximación gráfica. Pertenecía a uno de los temas que se había perdido mientras estaba en el hospital y, aunque había hecho un par de ejercicios, percibía que no dominaba la técnica lo suficiente como para jugársela.
“La Leire anterior a la operación”, pensó, “habría intentado ambas posibilidades, comparado las respuestas y presentado ambas”.
Aquel pensamiento encendió una bombilla. Se acordó de las charlas con su tía Uxune, que era psicóloga, que había sustituido a su madre, agotada, algunas noches de su convalecencia, cuando Leire ya estaba bastante mejorada..
“Lo bueno que tiene que te seccionen el cuerpo calloso, aparte de que dejarás de tener esos ataques epilépticos tan terribles, es que ahora los dos hemisferios de tu cerebro harán vida independiente durante una temporada. Después, el encéfalo es muy plástico para algunas cosas, y encontrará el modo de que todo parezca unificado de nuevo”, le contaba tía Uxune.
Ante la incredulidad de Leire, Uxune había practicado con ella algunos experimentos de los que aparecen en los libros de neurociencia cognitiva comprobando cómo podía llegar a hacer cosas relacionadas con su campo de visión izquierdo de las que no era consciente después.
“Esto pasa”, le explicaba Uxune, “porque lo que entra por el ojo izquierdo va al hemisferio derecho del cerebro y el relato consciente lo organiza el izquierdo, que no se ha enterado porque la red de comunicación, el cuerpo calloso, está cortada”.
Pero lo que había excitado a Leire es que recordaba que su tía le dijo que las cosas espaciales eran cosa del hemisferio derecho y las lógicas del izquierdo. ¿Y sí pudiese resolver la quinta pregunta gráficamente con el hemisferio derecho y algebráicamente con el izquierdo? ¡A la vez!
No le dio más vueltas. Le quedaban catorce minutos. Dedicaría nueve a intentar resolver el problema de las dos maneras, reservándose cinco para pasar a limpio y repasar.
Afortunadamente era zurda. Colocó dos folios sobre el pupitre con la hoja del examen en medio, tomó un lápiz con la izquierda y un bolígrafo con la derecha, y mordió un bolígrafo que le había regalado su hermana con un enorme pompón en el extremo para separar ambos campos visuales. Se relajó y se dejó llevar.
La mano izquierda, controlada por el hemisferio derecho empezó a dibujar puntos en una cuadrícula, mientras la derecha garabateaba con mala letra las coordenadas de esos mismos puntos en sistemas de ecuaciones. Leire se sentía diluida, pero más presente en la resolución algebraica, aunque sabía que la Leire del hemisferio derecho estaba trabajando rápido, porque su ojo derecho veía de refilón moverse su mano izquierda.
La resolución gráfica terminó antes, como era de esperar. Pero eso solo sirvió para que Leire se concentrase en terminar la algebraica. Ella, o lo que ella creía que era ella, no era consciente de la solución gráfica. A falta se seis minutos para entregar, comparó ambos resultados: (-3, 2). Idénticos.
Dos días después, Aizpurua la paró en el patio: “El parcial excelente como siempre, Leire. ¿Ves como la operación no era para tanto? Tenemos que hablar de lo de las olimpiadas en serio, el plazo de inscripción acaba en nada.”