Rutinas

"Buenos días. Son las 6.30 de la mañana. A continuación les ofrecemos la actualidad local…"
La agradable voz musical despertó a H.F. Se estiró en la cama y apretó un botón que se hallaba en el cabecero. Poco a poco fue sintiendo las corrientes en sus pantorrillas, en sus muslos, en sus nalgas… Su cuerpo se desperezaba lentamente con ayuda de aquellos impulsos eléctricos. La espalda, los antebrazos… Al cabo de unos minutos el masaje se detuvo. Se sentó entonces en la cama y las zapatillas acudieron a sus pies y lo transportaron al baño. Su presencia hizo que se encendiera la luz y se levantara la tapa del inodoro donde orinó con tranquilidad. Entró luego en la ducha y al notar que el agua no era de su agrado fue guiando con su voz el chorro hasta que la temperatura se ajustó a su gusto. Al salir acercó su cuerpo hasta el secador quien envió el chorro de aire adecuado para que pudiera ponerse el albornoz sin empaparlo. Se calzó nuevamente las zapatillas que lo condujeron esta vez a la cocina donde el café humeaba ya y las rebanadas de pan sobresalían calientes del tostador listas para su consumo. Desayunó las calorías precisas para afrontar el día sin miedo a desfallecer por su falta ni a almacenarlas en exceso. Volvió al baño y utilizó el cepillo eléctrico para lavarse los dientes. De regreso al dormitorio se situó frente al espejo del vestidor junto al cual un monitor le detalló su agenda del día: reunión a primera hora, trabajo de despacho, recepción de clientes, entrevista con miembros del consejo, estudio de casos difíciles, presentación de resultados, seguimiento de objetivos, análisis de problemas… Un día prácticamente igual a los demás. De las paredes del vestidor sobresalió una percha ofreciéndole el modelo adecuado para las actividades previstas. Se lo puso sin más dilación. Una rápida ojeada le permitió comprobar su imagen perfecta. Salió de casa y llamó a su coche. Una vez en su interior y mientras este lo conducía a su empresa se permitió recordar cómo era la vida de sus antepasados: el molesto footing mañanero o el deporte dominical para mantenerse en forma, la espera a que se hiciera el café y las tostadas muchas veces quemadas, el suplicio diario del qué me pongo frente al armario, la preocupación por el qué hay de comida o cuánto dinero queda… la vida era ahora tan fácil que sólo había que pensar en el trabajo. Las pequeñas minucias cotidianas estaban todas automatizadas y programadas y las necesidades humanas se solucionaban con píldoras, pantallas y electricidad. H.F. consideró una gran suerte que le hubiera tocado vivir en esta época: el S. XXIII.