Selección de personal

Robert Fitz Roy se encuentra sentado en su despacho trabajando, como siempre, hasta altas horas de la madrugada.

-Terminaré algunos asuntos más y me iré a casa a descansar.- pensó mientras contemplaba unos documentos que resumían las características de los dos posibles candidatos al puesto de naturalista. Era importante dejar cuanto antes fijada la lista definitiva de personas que lo acompañaría en la siguiente expedición transoceánica. -Es un puesto importante, así que me lo tomaré con calma- se dijo a sí mismo. Tenía muchas esperanzas puestas en esta expedición y, en secreto, albergaba el deseo de encontrar pruebas científicas que sirviesen para corroborar los sucesos que se describían en el texto más sagrado de la cristiandad: La Biblia. La religión siempre había sido importante para él. -Quizás encontremos alguna evidencia del diluvio universal- pensó mientras su corazón se aceleraba de la emoción. Un ruido del exterior le sacó de su ensimismamiento para volver a centrarse en la tarea que le ocupaba: la selección del naturalista.

Las características académicas de los dos candidatos eran similares: uno de ellos había estudiado en la Universidad de Edimburgo, pero había abandonado sus estudios en Medicina, luego ingresó en la Universidad de Cambridge, donde estudió un grado en letras. Además tenía la intención de llegar a ser pastor. Las anotaciones sobre el otro candidato describían un perfil similar, formación en Ciencias Naturales y Geología, así como inquietudes relacionadas con la religión.
Robert se descubrió a sí mismo contemplando una escultura que representaba una cabeza humana de porcelana. -La frenología- pensó. Ya lo tenía, haría que la ciencia tomase por él la decisión sobre a quién contratar.

La frenología era una corriente de pensamiento que afirmaba que había una relación entre la forma de los cerebros y las facultades mentales y el carácter que las personas exhibían. Como el cerebro no se podía observar a simple vista, lo que se hacía era medir las protuberancias que éste dejaba sobre el cráneo. -Ojalá hubiesen existido estos avances científicos cuando decidí casarme con mi actual mujer- pensó con sorna -Sus protusiones craneales me habrían puesto en sobreaviso de su carácter insufrible-.

Volviendo al tema de la asignación del puesto de trabajo, cayó en la cuenta de que durante su entrevista con los candidatos no había tenido la oportunidad de medir los cráneos de los dos aspirantes. No obstante, la batalla no estaba perdida. Si no recordaba mal, cerca de la eminente cabeza de porcelana había un libro sobre personología, otra rama de conocimiento científico que afirmaba que la fisonomía de la cara se relacionaba con las características de personalidad.

Se levantó rápidamente de su confortable asiento de cuero y se acercó a la estantería que se situaba a su derecha. Cogió el pesado tomo y lo dejó sobre el escritorio. Tras un período de consulta, descubrió que las características de la nariz de uno de los aspirantes parecía señalar la existencia de un carácter proclive a la debilidad y a la falta de determinación. Los rasgos del otro aspirante eran aún peores, sus pómulos sobresalientes indicaban falta de inteligencia, y la forma de la comisura de los labios señalaban la presencia de un carácter muy propenso al consumo de bebidas alcohólicas.

-De entre lo malo, lo mejor- se dijo a sí mismo. La suerte estaba echada y el puesto de naturalista adjudicado. Cogió un papel que estaba cerca de su mano izquierda y comenzó a escribir una carta para darle la noticia al aspirante seleccionado.

"Mi queridísimo señor Charles Robert Darwin, me complace comunicarle que ha sido usted aceptado para el puesto de naturalista a bordo de la expedición del HMS Beagle. Espero con entusiasmo su respuesta. Un saludo.
Robert Fitz Roy, comandante en Jefe del Beagle"


Selló el sobre y lo dejó en la bandeja para enviarlo a primera hora de la mañana del día siguiente, con el resto del correo. Apagó las velas de su despacho y, con sigilo, cerró la puerta tras de sí .