Serendipia

Entre las cosas más difíciles de encontrar han de hallarse aquellas de imposible búsqueda. Tal vez sea la Serendipia la más cruel de todas ellas pues, de retorcida que es, en su propio significado nos impide perseguirla.
Tiempo atrás, antes de que mi impermeable cabeza comprendiese su definición, me propuse darle caza sin saber que la Serendipia solo permitiría nuestro encuentro si la presa era yo. Oía cómo otros tantos habían conseguido atraparla para sí. ¡Oh, yo quería ser Fleming! Y que ella me tomara de la mano y me llevase a contemplar las colonias de penicillium. O Becquerel, contemplando la sobrenatural iridiscencia del uranio en lo oscuro de la habitación. Incluso me habría conformado con la idiotez de ver derretida una chocolatina bajo las microondas, impregnando el tejido de mi pantalón.
Resolví emprender la búsqueda. Los trabajos serían miles; las pruebas, mil más. Eso es, había de someter a la Serendipia a cuantas pruebas encontrase en los manuales de laboratorio. La cromatografía fue mi primera elección. Siempre tuve predilección por la técnica, me maravillaba pensar en los colores de la Serendipia extendiéndose por el papel sometida a la corriente. ¿Cuáles serían esos colores? Tal vez se descompusiera en varias fases, desplegando una gama de tonalidades desvanecentes. Estaba destapando la cubilla metálica, dispuesto a introducir el papel con la muestra, cuando... ¡El disolvente! ¿Qué disolvente debía utilizar? Ni siquiera sabía la naturaleza de la Serendipia, ¿cómo discernir si debía volcar el frasco de éter o el de acético?
Tal vez la cromatrografía no fuese una buena opción. Al fin y al cabo, la Serendipia no puede sino estar viva. Se denota en su caprichosa actitud, son movibles sus objetivos. Incluso su morfología lo insinúa: la Serendipia es sinuosa, esquiva, se esconde.
Las placas petri serían la solución. Llené el laboratorio de centenares de ellas. Las había apiladas sobre las mesas, en el revés de la puerta, frente a las ventanas... Las puse bajo sol y en penumbra, en todas condiciones de temperatura y humedad, añadí lo que pensé era el mejor alimento para la Serendipia, y esperé a que creciera en ellas.
Nunca supe si se reprodujo. Quizá la Serendipia sea simplemente transparente. Si quería verla bajo el microscopía debía usar alguna tinción, tal vez todas. Tal vez así la descubriera.
Se sucecieron los meses y los experimentos, y los reactivos gastados, las técnicas innovadoras y las oxidadadas, los cortes, los frotis, disecciones de la nada y el vacío, observaciones del espacio deshabitado... Nada pasó —de hecho, ni la nada se dignó a ocurrir—. Ella debía estar escondida en algún rincón entre la centrifugadora y el microtomo. La oía reírse de mí en su seseo.
Y así fue por meses. Hasta el día de hoy, cuando el seseo cedió por completo al silencio. Entré al laboratorio ampujando las columnas placas pietri con el agar-agar ya agrietado como hacía ya meses que venía haciendo. Me predispuse a comprobar el resultado del último de las trampas para atrapar a la Serendipia. Acerqué mis pupilas al ocular del microscopio. Ellas ya no esperaban ni a la nada, por lo que la contemplación de tal descubrimiento las engrandeció como nunca antes. Allí estaba, cazada. La estaba observando en sus cuatro dimensiones, plegada y resplandeciendo por acción de la fluorescencia.
Esta mañana observé por vez primera la completa estructura helicoidal del ADN. Ni rastro quedaba de la Serendipia. Al final de la búsqueda, perdiendo por el camino toda triste casualidad, alcancé el hallazgo. Ríome de Fleming.