Un email de la NASA

Todo empezó con un email de la NASA: “nos complace informarle que su experimento…”
¡Por fin! Nos daban el OK para mandar nuestro detector de sustancias orgánicas en la próxima misión con destino a Marte. Nunca había estado tan feliz al leer un correo.

Recuerdo que llevábamos años esperando ese momento. Cientos, qué digo cientos, miles de horas en el laboratorio intentando que funcionara. La NASA ya nos había dado un par de toques de atención. “Tiene que ser más ligero” –dijeron al mandar el tercer prototipo. Cuando por fin, tras varias noches sin dormir, conseguimos que el dispositivo pesara 476 gramos menos, entonces nos contestaron: “consume demasiados recursos, eso no puede funcionar en el rover”.

Tuvimos que reescribir el software desde cero en un lenguaje de programación del pleistoceno porque el cacharro no puede ir a Marte con nada más que un miserable 386. Fueron muchísimos cafés y nos pegamos más horas delante del ordenador que cuando teníamos quince años. Al final lo hicimos funcionar. De risa, el programa cabía en un disquete. Creo que el octavo –¿o fue el noveno?– diseño que mandamos al JPL por fin recibió el visto bueno de los californianos.

Fue increíble. Es muy difícil describir con palabras esa sensación. El momento eureka, le llaman algunos, pero para mí es como un orgasmo mental. El éxtasis. Por fin todo nuestro esfuerzo se veía reconocido. La NASA iba a llevar nuestro detector de moléculas orgánicas a Marte. Si encuentra algo será una pasada, podemos ser los primeros en confirmar la existencia de vida en el planeta rojo.

El día que recibimos el mensaje desde Pasadena nos fuimos todos de fiesta. No me emborrachaba tanto desde que estaba en el Colegio Mayor en Barcelona. A la mañana siguiente no podía moverme de la cama de la resaca. Pero daba igual, por fin lo habíamos logrado. Sin financiación del ministerio de mierda, sacando el dinero donde buenamente pudimos, yendo al laboratorio los domingos por la noche. Pero lo habíamos conseguido, nuestro detector iba a viajar a Marte. Eso sí, en unos cuatro años, si no se retrasaba la misión por cualquier contratiempo.

Nuestras vidas siguieron como si tal cosa. Poco a poco recuperamos las horas de sueño, seguimos haciendo nuestra investigación de rutina y dando clases en la facultad. Es más aburrido que preparar prototipos para una sonda espacial, pero la suerte ya estaba echada. Ahora no dependía de nosotros. Nuestro cacharro estaba desde hacía semanas en California, listo para que la NASA lo montara, siguiendo nuestras detalladísimas instrucciones, en el rover. Ahora sólo dependía de ellos.

Lo más complicado durante la espera fue aguantar las preguntas de los amigos. “¿Qué, cuándo mandas tu robot a Marte?” ¬¬–me repetían, una y otra vez. Y yo me hartaba de contestarles que no era un robot, que era un detector. Que, con suerte, llegaría a Marte en 2020. Como la relaxing cup de café con leche esa que nadie se tomará, porque al final los juegos olímpicos serán en Tokio. Cada vez que me preguntaban yo recordaba mi época de doctorando, cuando estaba a punto de leer la tesis y todos mis compañeros del departamento me decían, como las abuelas en las bodas: “¿y tú para cuándo?”

Supongo que lo que pasó en mi vida durante los cuatro años de espera hasta el lanzamiento no le importan a nadie. Después de lo que habéis leído hasta ahora tendréis ganas de saber el final. Querréis saber si encontramos vida en Marte. Y digo yo, ¿no os habríais enterado ya? Si hubiéramos encontrado algo habría salido en la portada de todos los periódicos, incluso en este país de pandereta. Y no salió. No salió porque, digan lo que digan en las películas y en los documentales de la dos, la Ciencia, muchas veces, es una mierda. El cohete despegó en la fecha prevista y nuestro detector viajó, con el rover, a Marte. Viajó durante siete meses, veintiún días y dieciocho horas. Y ya. A tomar por culo. Fin de la historia. En el descenso, una tormenta desvió el rover de su trayectoria, con tan mala suerte de que cayó con todo su peso sobre el costado en el que estaba instalado nuestro experimento. Quedó hecho añicos.

Y todo acabó con un email de la NASA: “lamentamos informarle que su experimento…” Vuelta a empezar. Nunca había estado tan jodidamente triste al leer un correo.