Los niveles de grima

Los niveles de grima son insoportables. Día sí, día también, nos recuerdan que la mayoría de células de nuestro organismo son, de hecho, bacterianas. En la piel, en la boca, en las tripas, hay un genoma que nos pertenece pero que no es el nuestro; hay un metagenoma. El prefijo “meta” proporciona a las palabras una especie de impunidad, una suerte de indecencia, un aire marrón. Aquí tenéis la metafísica, la metamorfosis, el metacrilato o la metáfora, incluso la metametáfora. Lo constatan los artículos que leo cada mañana: últimamente cuesta lo mismo ponerse metagenómico que ponerse metafísico o metafórico. Se atreve cualquiera.

Hace tiempo que, en consecuencia, gasto enormes cantidades de agua. Me pica el metagenoma, no sé cómo exfoliármelo. Me rasco, me lijo, trago vinagre, como picante... Supongo que no es tan fácil deshacerse de un prefijo así: una mala tarde, huyendo del metalenguaje me rompí un metacarpiano. Era una mujer extraordinaria, vino al hospital inmediatamente y no mencionó la discusión. Los niveles de grima son insoportables, decía, y tampoco hay quien escape de tanto artículo sucio, de tanto microbio, de tanta férula para el bruxismo. Pasan y pasan los días, me suda la espalda en la cama, me molesto y me pregunto si es posible recuperar a la mujer que siempre has perdido.