Valdemar

ZZZP… ZZZP… ZZZP…

No estoy muerto, pero no puedo moverme. ¿Habré quedado tetrapléjico? Intento levantar un brazo… nada. El otro, tampoco. No noto los dedos… ni las piernas…

ZZZP… ZZZP… ZZZP…

Otra vez ese zumbido me ha despertado. ¿Qué es? ¿Y qué me ha pasado? No consigo recordar. Lo último que sé es que escoltábamos la nueva ambulancia experimental, la del ECMO. Bajé del Hummer con Walter para revisar el camino y no recuerdo nada más. No sé si me han disparado o si ha explotado una bomba a mi lado. O si he pisado una mina… ¡Dios, por favor, que no haya perdido las piernas! Si estoy paralizado y conectado al ECMO aun tengo posibilidades de que me curen pero sin piernas seré un tullido para siempre.

Ya sé qué es el zumbido: es el ECMO funcionando. Tiene que ser eso. Pero no veo a nadie que me atienda. No puedo girar la cabeza. Estoy tumbado de lado, quizás porque tenga una herida en la espalda, en la columna. Tampoco oigo a nadie, solo el zumbido.

¿Por qué no tengo ningún dolor? Debe ser lo que dijo el doctor Edgar:
—La máquina ECMO es mucho más que lo que significan sus siglas: oxigenación por membrana extracorpórea. —Desmontaba unas piezas y montaba otras en la ambulancia. Todo eran tubos, cables, sueros, pantallas… Casi sin levantar la vista siguió hablando—. Hace circular la sangre y la oxigena aunque no funcionen los pulmones o el corazón. Este equipo también proporciona sedación e incluso anestesia, por lo que un caído en el campo de batalla con heridas que serían mortales en minutos, lo podremos trasladar a un hospital con muchas posibilidades de salvarlo. Lo mantendremos vivo durante horas aunque esté en paro cardiaco.

¡Mierda! Cuando salimos en misión de encontrar un herido grave, una persona casi muerta, para probar el invento, no imaginé que tendría la inmensa suerte de estrenar su juguete.

No noto movimiento, diría que la ambulancia está parada. Joder, se podrían dar un poco de prisa aunque tengan horas de margen para salvarme, ¿no?

ZZZP… ZZZP… ZZZP…

Otra vez me había dormido. Estos calmantes me evitan el dolor pero me dejan grogui. Puede que no note dolor porque tengo una lesión que me deja insensible de cuello para abajo. En cambio sí que noto una mosca posada en mi nariz. Veo una sombra oscura al cruzar los ojos. Quiero soplar con el labio inferior para espantarla pero no saco aire. ¿La tetraplejia que tal vez tengo no me permite respirar? Mi abuelo tuvo un hermano que enfermó de polio. Acabó en un pulmón de acero. Murió de neumonía al poco. Me lo contaba cuando yo tenía diez años, la misma edad que ese tío abuelo que no conocí. Para mí era como un cuento de terror: no podía imaginarme estar quieto, encerrado en un barril metálico. Culo inquieto me llamaba mi madre. Yo no era consciente de que el encierro era su propio cuerpo más que el pulmón.

La mosca no se va. Parece que no hay nadie para espantarla. Temó que haya pasado algo, ¿otro ataque?, y que ahora yo esté aquí solo, abandonado. Por suerte estas ambulancias están equipadas con una especie de radiobaliza. Cuando hay una detención que no está prevista emite un aviso por radio con la última posición. Si no se consigue contactar envían una patrulla de rescate urgente.

RRRRRRRRR…

¡Un motor, un Hummer! Vienen a buscarme. ¡Voy a salvarme! Oigo voces:

—Aquí está, pero tiene el motor destrozado. La tendremos que abandonar.

—¡Mira, Allan! Es Ernest Valdemar el de la máquina ECMO. Y mueve los ojos y los labios.

—No podemos dejarlo aquí. Vamos a desconectarlo. Va a morir de todos modos…

¡¿Qué…?!

—Al doctor Edgar le gustará saber que su sistema de soporte vital funciona incluso a este nivel.

—Creo que a partir de ahora le llamaré doctor Frankenstein.

Una mano pasa por delante de mi campo visual y noto como coge mi pelo. Me levanta y la otra mano se dirige a mi cuello. Arranca unos tubos. Noto como me mareo. Parece que me balanceo a la altura de sus rodillas.

—No lleves así la cabeza, Allan. Ernest era un compañero. ¡Un poco de respeto, por Dios!