Obligados a morir

Recuerdo los debates de los adultos sobre la eutanasia mucho antes de que yo me convirtiera en científica. Recuerdo a mis padres decir que, llegado el caso en el que el cuerpo ya no pudiese funcionar como era debido, lo mejor era recurrir a la eutanasia que al sufrimiento que conllevaría estar atado a una cama sin poder valerse por uno mismo y, lo que era peor, convertir la vida de tus seres queridos en una pesadilla dantesca en la que tendrían que hacerse cargo de tu ser residual. Con los años, la eutanasia fue legalizándose poco a poco en varios países y se convirtió en otro proceso médico rutinario más. Como quien se operaba de apendicitis. Algunos lo necesitaron, otros llegaron al final de su vida sin tener que recurrir a ella.
La ciencia y la medicina avanzaron en los últimos cincuenta años a un ritmo que no pudimos predecir. Habíamos presenciado el mayor crecimiento de conocimiento técnico y científico de la historia. Nuevos sistemas de manipulación genética habían conseguido reducir en un 95% el tiempo necesario para obtener los genotipos requeridos. Habíamos conseguido predecir prácticamente todos los tipos de cáncer de herencia genética que una persona padecería gracias a simples y rápidas pruebas que no requerían más que una gota de sangre del paciente. Con ese conocimiento, los tratamientos pasaron a ser preventivos y con una eficacia de cerca del 100%. La neurociencia había avanzado de tal manera que el Alzheimer, el Parkinson y otras enfermedades neurodegenerativas eran anecdóticas y desafortunadamente, predominantes en las clases socioeconómicas más bajas que no podían acceder aún a los tratamientos de bloqueo genético para conseguir el silenciamiento programado de los genes responsables. Habíamos conseguido desenmascarar los genes que predisponían a la depresión, reduciendo el número de suicidios a nivel mundial en casi un 85% y aumentando la productividad humana en un 150%. Los mecanismos de recompensa del cerebro que empujaban a la gente a consumir sustancias adictivas, desde el tabaco o el alcohol hasta la metanfetamina, podían ser regulados gracias a una inyección que se administraba durante la pubertad, antes de que el sujeto pudiese entrar en contacto con dichas sustancias. Cualquiera se hubiera esperado que tal inyección nunca hubiera salido a la luz debido a los grandes intereses económicos y socioculturales que respaldan algo tan ancestral como el consumo de alcohol, pero esta actividad pasó a ser un pasatiempo como tomar café o ir al cine. Ya no creaban adicción y el consumo se convirtió en una actividad puntual y moderada. Las grandes compañías no perdieron dinero puesto que fueron las mismas que invirtieron en las inyecciones anti-adicción. El mundo parecía un lugar mejor. Solo que no lo era.
Estos asombrosos avances habían convertido al ser humano en una criatura prácticamente inmortal. La persona más longeva hasta la fecha había vivido ciento noventa y siete años. Fue ella quien, precisamente, hizo necesaria la que hoy llamamos “terminación preceptiva”.
Con los rápidos avances científicos y el acceso a tratamientos que fueron prolongando nuestra edad, el sistema se vio incapaz de asumir el pago de pensiones durante los más de cincuenta años de jubilación. La gente se hacía más vieja, no podía trabajar pero tampoco se moría. La ciencia había creado personas inútiles para el sistema durante demasiado tiempo. Paulatinamente, al igual que la eutanasia dejó de ser tema de debate, la terminación preceptiva comenzó a ser un protocolo normal y fue instaurándose en los sistemas sanitarios del mundo desarrollado. La gente no se moría, por lo tanto, teníamos que matarlos nosotros. Por el bien del sistema.
Mi terminación preceptiva, según el contrato que todos teníamos que firmar para poder acceder a la jubilación a los ochenta años, estaba programada para dentro de siete. Hacía treinta y tres años que me había jubilado, abandonando el laboratorio desde el que había llevado a cabo investigaciones que ayudaron a hacer del ser humano un lastre casi inmortal. La ciencia me había evitado un cáncer de páncreas y Alzheimer gracias a las técnicas genéticas. El resto de problemas de salud asociados a la edad fueron fácilmente sorteados con tratamientos a los que todos, con dinero, podíamos acceder. Era vieja y sana. Pero pronto el sistema no podría hacerse cargo de mí y por lo tanto, tendría que asistir a mi cita en el centro de terminación preceptiva que había seleccionado hacía más de cuatro décadas. La ironía residía en el hecho de que después de haber dedicado mi vida al estudio genético, la razón por la que tenían que matarme eran precisamente los descubrimientos que habíamos conseguido a lo largo de medio siglo. Lo llamaban terminación preceptiva en lugar de pena de muerte. Pero al fin y al cabo, era el sistema deshaciéndose de los miembros de la sociedad que ya no servían para nada.