Huesos en la arena

“¡Date prisa. Se está haciendo de noche y no tendremos tiempo de sacarlo en condiciones!”. Unos arqueólogos trabajan en lo alto de una colina arenosa cubierta de pinos. Han encontrado un esqueleto, cae la noche y urge excavarlo, es peligroso dejarlo ahí, las noticias vuelan y los furtivos podrían reventar el yacimiento. Paletín, escobilla, pincel, bisturí…, poco a poco aparece el torso, desde las cervicales al sacro y la pelvis. No tiene extremidades, ni brazos ni piernas, tampoco está el cráneo. “¡Qué raro!”. Adriana filma todo en vídeo, Alfredo toma notas, Berta prepara las cámaras para tomar fotografías, Ricardo reúne el material necesario para extraerlo. Los curiosos merodean sigilosamente alrededor, cuchichean estupefactos ante lo que están viendo. Los arqueólogos se preparan para la extracción, uno anota, otro pone la referencia en la bolsa, otro embolsa y todo va a una caja preparada. Con extrema minuciosidad van sacando uno a uno todos los huesos del esqueleto: cervicales 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, clavícula izquierda, clavícula derecha, omóplato izquierdo, omóplato derecho, escotadura, costilla izquierda 1, derecha 1…, vertebras dorsales 1, 2, 3… y así hasta las lumbares, el coxis y el sacro. “¡Ya está, lo tenemos!”. Lo cargan en el coche y por el camino del bosque lo llevan al caserón. Se ha hecho de noche. No queda nadie en el lugar. Todo en silencio, no hay luna. Es sábado, mañana domingo, día de descanso. Ducha, cena y charla. Poco a poco el cansancio les vence.
De madrugada, Berta salta de la cama y enciende los ordenadores. Tres pantallas parpadean. Ordena y revisa las fotografías de la excavación del esqueleto. Busca todas las fotos y planos antiguos que tienen del lugar. Al rato, Guillermo se despereza y va a la sala de trabajo. Ojos legañosos y cansados. “¿Qué ocurre?, ¿qué haces?”. Se pone también manos a la obra. Son las 4. A las 5 Bárbara se levanta. Sonámbula prepara café. Algo pasa en la habitación de al lado. “¿Qué hacéis?”. Berta y Guillermo con mirada desencajada responden al unísono: “Hay algo que no funciona. Estamos revisando los datos de donde ha aparecido el esqueleto. ¡Las cosas no cuadran, ven a ayudar!”.
A media mañana, los tres bajan al pueblo a tomar un café. Los lugareños los miran de reojo. Murmuran. El dueño del bar les pregunta sin rodeos: “¡dicen que habéis encontrado un cadáver!”. “¿Un cadáver?”, repite Guillermo. “No, es un esqueleto, quién sabe si del cementerio medieval”. Vuelven a la casa y siguen trabajando. A las 10 de la noche convocan una reunión urgente con todo el equipo. Berta, toma la palabra: “El esqueleto que encontramos ayer no es antiguo, no hay duda de que es moderno, está por encima de los niveles arqueológicos. Es un hombre de unos 50 años asesinado con toda probabilidad entre 1972 y 1981”. Un silencio helado congela la sala de trabajo. Empiezan las preguntas y los comentarios. Ni precipitación, ni arrebatos: seriedad absoluta. Dieciocho arqueólogos repartidos en diferentes habitaciones de la casona intentan conciliar el sueño. Berta, Guillermo y Bárbara pasan la noche en blanco redactando informes.
“¡Acordonad la zona!”. Son las 7 de la mañana del lunes y empieza un largo día. El protocolo de actuación para este tipo de hallazgos ha sido activado. El alcalde del pueblo llega acongojado. La policía, el médico forense y la funeraria se personan en el lugar de los hechos. Los jóvenes arqueólogos, cumpliendo órdenes, trabajan a destajo buscando el cráneo, los brazos y las piernas. A menos de un metro de distancia aparecen cuatro falanges y un par de metatarsianos. Manuela da la voz de alerta. “¡Aquí hay más huesos!”. De nuevo: paletín, pinzas, pincel, bisturí…; hasta poner al descubierto unas extremidades inferiores. Siguen excavando. “¿Qué está pasando? ¡Otra pelvis!”. Es un segundo esqueleto, esta vez de una mujer de unos 45 años, sin torso, ni brazos ni cráneo. No falla: no hay uno sin dos. Atónitos y boquiabiertos los arqueólogos, bajo la dirección del forense y la inspección de la policía judicial y científica, proceden al levantamiento de cadáver.
Cae el sol y la larga comitiva empieza a desfilar. Los arqueólogos celebran que no hayan cerrado la excavación, pueden seguir trabajando. Cansados y excitados de tanto ajetreo recogen el material: paletines, carretillas, cubos, palas..., todo a la caseta. Última limpieza para toma de fotografías. Ricardo percibe algo extraño entre la arena, se acuclilla y pasa la mano enérgica pero suavemente: una soga y unas grandes tijeras en hierro. Grita desconsolado: “¡el arma del crimen!”.
Es hora de ducharse y tomarse una cerveza.
Cinco años después fue detenido uno de los curiosos del pueblo que vio como excavaban los esqueletos. Se le culpó de doble homicidio. El maestro no daba crédito, su padre había asesinado a los caseros por el robo de dos gallinas.