El gran desconocido

Todos quieren saber quién soy. No me extraña, porque una vez que alguien lo descubra muchos destinos cambiarán. Entenderán tantas cosas, que podrán encontrar soluciones a todo aquello que creían imposible de resolver.
Han sido muchos años de investigación, trabajos titánicos con células, con animales, con personas. Todos ellos tratando de encontrar, entender y descifrar todo lo que ocurre en el cuerpo humano, para después poder curar las enfermedades que han padecido y que hoy aún padecen. Ciertamente han descubierto muchas cosas, pero para mí... para mí ha sido una larga espera.
He perdido la cuenta de todos los investigadores que he conocido. Los he visto leer, analizar y trabajar incesantemente para tratar de conseguir esa "diana" que permita solucionar todo... ¡¡¡y soy yo!!! es a mí a quien buscan. El guardián del genoma, los supresores de tumores, todos los elementos de la célula que velan por su "seguridad", TODOS, trabajan conmigo o trabajan para mí. Soy la llave maestra que controla todo lo que ocurre en las células, y no crean que lo digo por presumir.
Cada vez que me descontrolo, o no funciono correctamente empieza lo que los científicos han llamado cáncer. Créanme que trato de ser lo más estricto posible para mantener todo en orden, pero en ocasiones es imposible y todo se desajusta. Fallan los sistemas de emergencia, las células dejan de obedecerme, empiezan a crecer de manera descontrolada e invaden órganos y tejidos dejando a su paso caos y destrucción. Y es por ello que durante todo éste tiempo, mi mayor deseo ha sido que me descubran para que pongamos fin a todo lo que genera mi descontrol.
Marta casi me descubre hoy. Han sido meses de trabajo arduo en el laboratorio, pero ésta vez es diferente, ¡ha diseñado un experimento realmente brillante!. Casi pude sentirlo... ¡ser descubierto por fin!. Caer en las manos equivocadas sería una catástrofe, pero ella... ella quiere descubrirme para ayudar, así que me sentía listo para salir a la luz pública. Pero algo pasó... cuando pensé que finalmente saldría del anonimato, Marta desistió. Estaba demasiado cansada de lo que ella consideraba fracasos, como para darse cuenta de que yo estaba allí, justo frente a sus ojos. Sin vacilar, dejó su pipeta y una veintena de tubos sobre la mesa, apagó el ordenador, suspiró y se marchó. De momento, mi larga espera continúa. No sé si será Marta o si será otro quien me descubra. Así que mientras tanto, en la oscuridad del laboratorio y desde el fondo de éste pequeño tubo plástico, seguiré siendo el gran desconocido...