Hace mucho y no tanto tiempo, un Universo que devino en Galaxia

No era la hora del cuento pero sus ojitos abiertos, de pupilas diminutas y brillantes insistieron profundamente, y me gusta tanto que me rueguen de esa forma repetida y melódica, sin sobresaltos ni pataletas, que acepté sentarme un rato con ella. Tengo tantas ganas de hacerlos en estos años, de crecerlos, a Irene y a su futuro hermanito. Hay tanto.
– Érase una vez, hace mucho, mucho tiempo, unos dos mil cuatrocientos años -son cifras que no puede entender, pero necesito que absorba, a pesar de que no sea capaz de contarlo con sus dedos- el mundo estaba formado por esferas perfectas, balones redondos transparentes, como bolas de vidrio unas dentro de otras. Y en esas esferas, había pegadas lucecitas, las estrellas, los planetas, todos muy ordenados. En el centro, estábamos nosotros, nuestro planeta Tierra. Las esferas se movían de forma circular, siempre regular, como una cajita de música que una vez que le das cuerda sigue un ritmo que no varía. En ese mundo, cada esfera tenía su propio motor invisible, que era movido por otro anterior. Tchuc, tchuc, tchuc -intenté imitar el sonido de un resorte-, como una cadena.
– ¿Y cómo se movían?
– Había un motor muy, muy especial, El Señor Primer Motor, que también era invisible. Era el único que podía moverse a sí mismo, y era tan hermoso, tan bello, que hacía que los demás motores se movieran tras él, todos querían seguirlo. Y así, el tiempo pasaba poco a poco, como los vagones de una noria, esas esferas iban dando vueltas desplazando los planetas y cuerpos celestes que estaban pegados a ellas. Pero, de repente, una chispa, una lengua de fuego muy rápida. Y los planetas y estrellas que habían estado tan cómodos en su nana cíclica se asustaron e intentaron despegarse de esas esferas que los tenían prisioneros. ¡Déjennos salir! ¡Por favor, socorro! Gritaban. Las flechas de fuego se hicieron más vistosas, cada vez más. Tenían que salir de los brazos de ese monstruo de ángeles, armonía y belleza. Las estrellas fugaces les hicieron pasar mucho miedo, fue horrible. Por eso, si ves la Luna de cerca tiene huecos y está deformada, se dejaron la piel para salir de aquél lugar. Aparecían de repente, tan cerca de ellos que, en realidad, incluso les ayudaron a liberarse de esas cadenas con sus llamas. Algo más tarde, hace no más de trescientos setenta años, ya no había esferas, solo luces desparramadas, por aquí -le hice cosquillas en la oreja izquierda- y por allí -recorrí su vientre para entretenerla- a los alrededores de la Tierra. El mundo ya no estaba encerrado en esas bolas transparentes, ya no había un límite para nosotros. Un pez que ya no tiene pecera sino un mar que no acaba, ¿te imaginas cuántas cosas se pueden hacer?
– ¿Y no les daba miedo?
–¿El qué, tesoro?
– Que sea tan grande.
– Claro, nadie quería entenderlo, hasta algunos lo prohibieron del miedo que les daba. Es mucho más fácil seguir las reglas de un juego que inventar uno nuevo.
– Pero a mí me gusta más hacerlo yo, es más divertido.
– Eso pensaron algunos de ellos y crearon el suyo propio, aunque los profes seguían castigándolos un tiempo hasta que empezaron a jugar también con ellos.
– ¿Y cómo era?
– Si quieres te lo enseño y claro, tú también puedes jugar. Es complicado al principio, pero si te gusta puedes hasta cambiar lo que no te convenza y hacerlo tuyo. Pero poco a poco, hay muchas, muchisísisimas versiones y si no entiendes una no puedes pasar a otra.
– Y al final, ¿quién sujeta las luces para que no se caigan, si ya no hay bolitas?
– Es que no puedo seguir si no juegas conmigo.
No podía explicarle el éter, ni las fuerzas de Newton, ni cómo las ondas los hicieron casi desaparecer.
–Vale, una partida y merendamos. ¿Es muy largo?
Mi amor, tengo tantas ganas de darte todo lo que hay en este infinito que no puedo dejarte de lado, ignorante de esta inmensidad. No sé si irá para largo o no, depende tanto de ti y de tu interés. Por mi parte, lo necesito incomprensible, Irenita, y espero que si empiezas este juego, te dure toda la vida.