EL Show Galáctico

Cuando se estrenó aquel programa de televisión, “Show Galáctico”, nadie se paró a pensar si aquello era ético o no, y por supuesto, nadie predijo que terminaría de forma tan catastrófica. Al contrario, todos nos alegramos de tener por fin algo con lo que matar las horas muertas, hastiados de la tecnología ultra-avanzada que nos solucionaba la vida a todas horas pero que no nos dejaba ninguna tarea por hacer. Agricultura, industria, servicios: todo estaba computarizado, robotizado y en perfecto equilibrio. Habíamos alcanzado la perfección tecnológica, todas nuestras necesidades estaban cubiertas y sólo nos quedaba ver pasar la vida ante nuestros ojos.
El “Show” era en realidad un experimento tremendamente ambicioso. Después de miles de años, unos científicos habían logrado aislar lo que denominaban “el germen de la vida”, aquello de lo que habíamos salido nosotros, así como cualquier otro tipo de vida en el Universo. Habían seleccionado un planeta inhabitado de tamaño medio y órbita estable alrededor de su estrella, a pocos años-luz del nuestro, y planeaban bombardearlo con meteoritos cargados de esa sustancia hasta que ocurriese el milagro. Así empezaba el primer capítulo del show, que toda la población siguió con una excitación que no se había visto en miles de años.
En el tercer capítulo del programa se confirmó que el experimento había sido un éxito: ¡había surgido la vida! Nadie esperaba que fuese a ocurrir tan rápido y las audiencias se dispararon. Durante varios capítulos más, las cámaras que enfocaban sin descanso a aquel planeta siguieron los pasos de un grupo de células eucariotas. La velocidad con la que evolucionaban impresionó a todo el mundo, incluidos los científicos que habían ideado el plan. Estos se preguntaban qué condiciones especiales tenía aquel planeta para que la vida se abriese paso con tanto empeño.
Todos vivíamos pendientes de la emisión del “Show Galáctico”. En cada nuevo episodio se conocían nuevas formas de vida. El planeta elegido, inicialmente un paisaje desolador y caliente, también había evolucionado: ahora tenía atmósfera y empezaban a crearse lagos por toda su superficie. Muchos veíamos en él un reflejo de lo que alguna vez había sido nuestro propio planeta, antes de que la tecnología lo controlase todo, y soñábamos con visitarlo. Pero eso estaba terminantemente prohibido por las reglas del programa. Una vez depositada la semilla de la vida, decía el presentador en cada nueva emisión, sólo podíamos ser “testigos de la magia”.

Después de un parón que permitió la instalación de nuevas y mejores cámaras alrededor del planeta, la segunda temporada del show se estrenó con toda la población pegada a la pantalla. Nadie hablaba de otra cosa que no fuera aquel planeta, al que todos habíamos cogido cariño. Nos preguntábamos qué nuevas especies albergaría y qué aspecto tendría ahora. Un nerviosismo generalizado recorría las casas.
El capítulo no defraudó. El planeta estaba más hermoso que nunca: había árboles de todos los tamaños, flores de colores, ríos y valles. La gente, sin poder despegar los ojos de la pantalla, lloraba emocionada como si se reencontrase con un hijo perdido. Pronto se conocieron las últimas especies que habían aparecido: eran animales de piel rugosa y fría, grandes, majestuosos. También había otros que parecían más suaves y eran capaces de elevarse de la superficie y volar. Se convirtieron inmediatamente en los favoritos de muchos espectadores.
Pero el show no sólo mostraba el lado bonito de las cosas. También se veía la lucha de las especies por sobrevivir, las batallas que tenían que librar para conseguir alimento y la muerte en directo de muchos seres. Algunos padres decidieron que aquello no era un espectáculo apto para sus hijos.

La tercera temporada del show se centró en una especie de reciente aparición que parecía más inteligente que el resto. Eran peludos, bípedos y bastante más pequeños que los animales que habían cautivado a la audiencia anteriormente. Su evolución fue espectacular. En muy pocos episodios se hicieron con el control total del planeta, matando a miles de especies y dominando al resto, arrasando árboles y mares. Los espectadores nos debatíamos entre la repulsa y la admiración. Muchos no pudieron soportarlo y dejaron de ver el programa.
Ni siquiera los científicos podían prever que en tan poco tiempo, entre el episodio séptimo y el octavo, aquellos seres habrían alcanzado una tecnología tan avanzada. Cuando se dieron cuenta, ya era demasiado tarde para reaccionar. La emisión del “Show Galáctico” se canceló y se apagaron las cámaras, pero esto no fue suficiente. Aquellos seres, despiadados pero curiosos, habían sido capaces de registrar una multitud de señales de radio provenientes de un planeta cercano. Abandonaron el suyo, destruido y moribundo, y se embarcaron en un viaje galáctico hacia el origen de aquellas señales. Eran nuestras televisiones.