El teorema del mono infinito

De vuelta a mi laboratorio en el corazón de un viejo continente, retorno a la monotonía y a la métrica de esta república actual de la ingeniería y la mecánica.

Tic, tac, como un reloj transcurre la existencia en esta latitud del planeta donde hasta las estaciones del año poseen un calendario definido y puntual. Finales de agosto, muerte celular programada de las hojas de los árboles continentales, con la misma métrica parsimonia alcanzan los suelos y anuncian el final del verano por estos lares, adiós a los cándidos rayitos del sol. Y con exactamente la misma métrica me reincorporo a mi puesto de trabajo alzando la pipeta, presionando el teclado de la computadora, apretando el botón de la máquina del café. La rutina robótica. Tengo entendido que ya se prueban en los centros de investigación y desarrollo informático los programas de ordenador capaces de escribir automáticamente textos diversos e incluso los hay que se atreven con artículos científicos enteros. Hala, dentro de poco podremos publicar cien artículos al año por obra y gracia de la inteligencia artificial. Me pregunto si los textos escritos por las máquinas pensantes tendrán alguna clase de sentido o si pasarán con mayor o menor éxito las revisiones de los editores de las renombradas y prestigiosas revistas científicas que los míos propios, escritos de puño y letra, sudados con la sangre paciente de las observaciones, comprobaciones y ratificaciones de los experimentos llevados a cabo. Quizás sea cuestión del azar y la probabilidad estadística, como si ponemos a cien monos a aporrear de manera aleatoria cien máquinas de escribir, una por cabeza, quizás alguno escriba algo por casualidad que tiene sentido. Esto que en la jerga académica oficial se conoce como el “Teorema del mono infinito” lo debo haber visto en algún capítulo de Los Simpson, alguno de esos que reponen hasta la saciedad en los canales de televisión. Nada nuevo, historias que se repiten, rutina, inercia, hábito, monotonía, patrón de comportamiento predeterminado. Levántate a las siete de la mañana, toma un café, despídete con un beso de tu fiel esposa, ya va siendo hora de la planificación familiar y de traer descendencia a este mundo ya de por sí abarrotado, vete para tu lugar de trabajo y produce que te produce. Naces, creces, cumples con las normas socialmente preestablecidas y mueres, ¿quién es ahora la máquina?

De vuelta a estas coordenadas septentrionales de antiguos reinos hiperbóreos de la filosofía y la lógica, retorno expatriado de un otrora imperio meridional, dogmático, místico y calenturiento.

De vuelta al frío y a la sangre fría, que debe ralentizar su velocidad por los capilares dadas las circunstancias. De vuelta a las calles vacías, los valles hendidos entre las edificaciones masivas, por lo menos a los ciudadanos continentales les gustan los arbolitos, pero estos ya expulsan al vacío sus hojas amarillentas. De vuelta a la planificación. Planificar al detalle, cómo si fueras a ser capaz de tener bajo absoluto control todos los detalles del plan, los previstos y los imprevistos, que precisamente por imprevistos son los que menos te esperas. Por suerte, o por adaptación al medio, he aprendido a ser flexible, pues todos mis planes lo más normal es que se vayan al garete. Planificar para tener que comprobar que es imposible cumplir el plan al pie de la letra, que el azar de los monos que escriben el destino juega contigo como con un muñeco de trapo. Prefiero no planificar los detalles, ya que es diseñar una hoja de ruta lo que me conduce por los tortuosos caminos que me alejan de lo estrictamente planificado, así que mejor ahorrarse el esfuerzo. Qué incongruencia tan chocante para uno que atreve a llamarse a sí mismo “científico”, pues ya ven, la improvisación también es capaz de llevarte por los caminos del destino. Y me río de los monos, con respeto, no me río de ellos en sí mismos sino de su fútil intento de controlar mi vida. Hasta ahora he llegado hasta aquí porque no encontré otros caminos mejores, ni planificados, ni allanados, ni asfaltados, ni leches. Debo andar lejos de llegar a ser una máquina, de convertirme en un estereotípico ciudadano continental, de amoldarme a la planificación y/o a la programación y sobre todo de tener que despedirme para siempre de la espontaneidad.