Las mil y una pruebas

Las agujas del reloj habían acelerado su ritmo hasta ubicarse cinco horas delante, así, de repente. Mi nombre, escrito con atinado trazo en una blanca mesada, señalaba el lugar al que la ciencia me había llevado por una triada de meses. Azules y rojas micropipetas, amarillas puntas y transparentes tubos perdían cualquier importancia ante la abrumadora imagen que el vasto ventanal ofrecía. Es que siete siglos después, incansables murallas, notables palacios nazaríes y altivas torres bermejas asomaban imponentes ante mi foránea mirada. La casa roja era ahora mi casa y el reloj se había desnudado por completo de blancos días y de negras noches. La vida era ahora un protocolo constante, una presumida receta de interminables pasos. El método se repetía, día tras día, infinitamente. En uno de ellos, mi atención se detuvo justo en frente. Un par de celestes guantes de nitrilo protegían las pequeñas manos de una rubia andaluza mientras jugaba- aunque con notable rigurosidad- a buscar respuestas, esas que permiten alejar los límites del siempre adolescente conocimiento científico. Así como su sigiloso pipeteo para completar los 96 pocillos, mi imaginación también ensayó un imprevisto viaje. Las dimensiones del paisaje eran ahora exageradas o mi tamaño imitaba el de una discreta cabeza de alfiler. El bote se mecía sobre un dudoso cuerpo de agua contenido por una curva y plástica pared. No había puertas, tampoco anversos ni reversos. Un extraño sonido cesó la aparente claustrofobia que gobernaba el ambiente. Alcé la mirada y allí una lineal silueta emanaba desde un orificio en lo que se suponía era un techo. La curiosidad era ahora reina y yo, un ladino plebeyo. La raíz crecía y se acercaba, en una invitación que solo aquellos microorganismos que habitan el suelo dicen tener. Las puertas de un rústico ascensor se abrieron y entré. Aquel mundo era huérfano de espejos y todo presumía ligera transparencia. En su grave rincón, una oscura flecha de incesante hierro indicaba los pisos, y los números eran ahora palabras. El tecnicismo de la prosa me era familiar: encarnizada raíz, severos nódulos, tenue tallo y homéricas hojas. El paseo inició y el ambiente se tornó primero oscuro, luego ambiguo hasta que un improvisado amanecer tiñó la jornada de verde. El circuito parecía infinito. Los caminos eran múltiples y los senderos se bifurcaban con exactitud matemática. Todo era es un falso caos. Como en una carretera, moléculas de micronutrientes y de agua viajaban en distintos carriles donde uno que otro cartel anunciaba xilema o floema. Meteoritos proteicos disparaban de un lado a otro. En el medio, grandes fuentes vacuolares se adueñaban del espacio y la entrada y la salida eran intermitentes. Una horda de cloroplastos se anunciaba en cada parada. Verdes de excentricidad hacían su juego; la atracción principal del paseo estaba ahora frente a mí. La fotosíntesis era el sagrado misterio de aquel inesperado santuario. La excursión no había terminado, faltaba toparse con quien era dueño de las respuestas que tres meses antes me había propuesto encontrar. Los conductos se reducían y con ellos la simplicidad. El diamante en bruto estaba allí, la maraña de nucleótidos era intimidante y su organización no encontraba una palabra que describiera tal belleza. Lo siguiente fueron fotografías, vírgenes resultados de los más variados, debates de mesada, gráficos de complementarios colores y un largo pero curioso etcétera. Una azafata interrumpió mi sueño y el llamativo olor de un supuesto almuerzo le continuó. Granada quedó en el pasado y el avión estaba en la mitad de su recorrido. El océano atlántico avasallaba mi atónita mirada mientras el invierno se repetía una vez más de forma consecutiva. Faltaban seis horas para regresar al punto de partida.-
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