Publicar en ciencia, ¡a qué precio!

19:36 del martes 13 de agosto

Aleen nunca había sido considerada una persona que ponía esfuerzo en su trabajo para los estándares de la ciencia, para la que si no transcurren diez horas desde que entras hasta que sales no eres nadie. Sin embargo, ella se encontraba a gusto tal y como era y hacía las cosas. Nunca se le ocurrió plantearse un cambio de rumbo ya que, por suerte para ella y desgracia para los demás, las cosas habían ido rodadas para ella desde el primer momento en el que entró en el laboratorio. Ella pasaba su día sin necesidad de trabajar, mientras su tesis avanzaba sola gracias a su talento innato para sacar provecho del trabajo de los demás. Precisamente por eso aquel día estaba tan furiosa, sin parar de mirar en el reloj con la esperanza de que el tiempo de incubación que tenía que cumplir escrupulosamente pasara rápidamente mientras resoplaba y se desesperaba por lo tarde que era. Tarde para ella, ya que eran horas intempestivas, si bien para otros pre-doc habrían sido normales. Ella ni siquiera tendría que estar allí. Un día antes se encontraba en su casa de Salinas tomando las clases de surf que tanto había ansiado y que su novia finalmente le había regalado. Así, mientras el día anterior se encontraba surcando las olas del mar Cantábrico, en ese momento se encontraba mirando un balancín que removía su anticuerpo, un líquido de naturaleza lechosa que se desplazaba sobre una membrana, recordándole al movimiento de las olas. Eso pensaba mientras se acordaba del motivo por el que tuvo que volver tan estrepitosamente.

Su compañera Marga había tenido que viajar de improviso a Marbella, donde su marido había sido implicado en un asesinato en una urbanización de lujo. Compañera, por decirlo de manera poética. Aunque Marga creía que Aleen sentía algún tipo de aprecio por ella, esto no era real. Marga sentía tal adoración que, por el precio de su afecto, estaba dispuesta a todo. Hacía todo el trabajo que Aleen consideraba secundario a pesar de formar parte de su tesis, entrando antes y saliendo más tarde con tal de complacer a Aleen. Hasta tal punto llegaba esta sumisión que ese verano se había quedado en Madrid mientras el resto de su familia disfrutaba de sus vacaciones estivales en Marbella. Sin embargo, la difícil situación generada por el arresto de su marido obligó a Marga a acudir en su ayuda y en la de sus hijos. Esto, si bien hubiera supuesto un motivo más que suficiente para abandonar el laboratorio para cualquiera, no parecía trascendente para Aleen. Hasta ese punto llegaba su egoísmo. No obstante, el experimento que Marga estaba realizando aquella semana era decisivo para que una de las publicaciones encabezadas por Aleen fuera aceptada en una de las revistas de mayor renombre. Esto hizo que Aleen sopesara en la balanza sus intereses e interrumpiera sus vacaciones. Todo ello ocupaba los pensamientos de Aleen cuando de repente despertó de esa especie de ensoñación al oír que su timer le indicaba que el tiempo de incubación había terminado. El final del experimento se encontraba próximo, lo que hacía que Aleen se encontrara inmensamente feliz al poder terminar con ello de una vez por todas. Lo que no podía sospechar era hasta qué punto ese pensamiento llegaría a transformarse en una realidad.

Mirando el reloj una vez más preparó los reactivos necesarios para revelar su membrana, cogió todo lo necesario y se dirigió con resolución hacia el laboratorio oscuro. Se extrañó al recorrer el pasillo y no encontrarse con nadie, ya que hasta ese momento había estado oyendo bastante ruido procedente de otros laboratorios. Finalmente llegó al laboratorio oscuro, al que se accedía a través de una puerta giratoria que impedía la entrada de luz, lo cual sería fatal para ese tipo de experimentos, ya que la presencia de luz velaría las auto-radiografías que se usan para detectar la expresión de proteínas. Esto hacía que el cuarto no tuviera más que la iluminación de una pequeña bombilla con un filtro rojo, lo cual había provocado que Aleen se asustara bastante más de una vez al entrar y no reparar en la presencia de alguno de sus compañeros. Por ello tomó la costumbre de saludar cada vez que entraba, hubiera o no gente en el interior del oscuro habitáculo. Saludó a una posible presencia, pero no recibió ninguna respuesta. Se dirigió hasta la poyata para revelar su primera película, la introdujo en la máquina reveladora y se apoyó sobre una banqueta esperando a que el característico pitido que esta emitía le indicara que podía introducir una nueva película. Finalmente, el pitido sonó, y esto fue lo último que Aleen escuchó.

Su cuerpo inerte fue hallado al día siguiente y los resultados del ansiado experimento habían desaparecido.



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