Descubrimientos

Hacía muchos años que no se quedaba sola con una niña pequeña, sus años de monitora quedaban muy atrás en el tiempo. Además esta niña era su sobrina, no era una niña cualquiera, y se le caía la baba con ella desde el día que nació, cuando la conoció con apenas media hora de vida. Así que cuando sus padres le dijeron que si se podía quedar con ella, evidentemente dijo que sí. La mocosa tenía un año, todavía no hablaba, pero ya decía cosas. Monosílabos, uno tras otro, y cosas que nosotros, los adultos de su vida, queríamos oír como “agua”, “árbol”, “mamá” o “papá”.

Salió pronto del laboratorio y fue al encuentro de la familia. Los padres de la criatura tenían una cita con el médico, y no querían llevarla con ellos. Habían quedado en un parque a mitad de camino entre el labo y su casa, donde había unos columpios que, por lo visto, hacían las delicias de la peque.

— Bueno, todo lo que necesitas está en el bolso. Hay comida de sobra, y una muda completa por si hiciera falta, que yo creo que no — dijo su cuñada.
— Estupendo — dijo ella —, además yo sé que si pasa cualquier cosa, os llamo y listo.
— Muy bien, pues a la que salgamos del médico te llamamos y ya cenamos todos juntos, ¿te parece bien?
— ¡Me parece genial! Ahora tú y yo nos vamos a ver los árboles y los columpios — añadió mirando a su sobrina, que le devolvió una sonrisa de abuelilla, enseñando los dos únicos dientes que tenía.

Se despidieron, y echó a andar con su sobrina. En seguida quiso salir del carrito y andar agarrada a sus manos. Todo era nuevo, aunque en realidad no tan nuevo como hacía unos meses. Ya había visto este parque, y, probablemente, lo recordaba. Ya sabía que tenía dos manos, dos pies, ya había aprendido a asir los cubiertos… Esos grandes hitos ya estaban superados. Ahora estábamos aprendiendo a andar y a hablar.

Se descubrió a sí misma pensando que cuándo había sido la última vez que ella había descubierto algo. Lo que fuera. Cuándo había sido la última vez que había hecho algo por primera vez.

— El listón está muy alto — empezó a decirle a su sobrina, en voz alta —, porque tú te acabas de descubrir partes del cuerpo. ¿Cómo voy a competir con eso?

Y siguieron andando. Entonces su sobrina se paró en seco, y empezó a seguir con la mirada a un abejorro. Lo seguía con una agudeza visual tremenda. Cuando el abejorro se posó en una planta, lo señaló con el dedo. Sabía perfectamente dónde estaba.

— Eso es un abejorro, género Bombus que añadiría tu padre si estuviera aquí. ¿Es tu primer abejorro, cielo? Vamos a pensar que sí, que así me siento un poco más parte de tu vida — añadió, un tanto tajantemente.

Se quedaron sentadas en el césped y se pusieron a jugar con uno de los muchos juguetes que había en el carrito. En concreto, con unos animales que formaban una especie de trenecito, y a los que si se les apretaba en según qué partes, hacían ruidos más o menos desagradables. Y entonces, de repente, se dio cuenta. Descubrirse una mano es algo, probablemente, sin parangón. Pero descubrir un abejorro es algo que tampoco está nada mal. Y si descubrir un abejorro era un hito… También lo era ver por primera vez estructuras intracelulares en un microscopio confocal. Y se lo dijo a su sobrina:

— ¿Sabes una cosa? Yo también descubro cosas, enana — y la enana le devolvió la mirada muy seria —. Lo último que he descubierto es que puedo ver vesículas moverse por el citoesqueleto de mis neuronicas, ¡y puedo verlo en tecnicolor! — Su sobrina había dejado de jugar, y la miraba como si estuviera esperando más —. Y de hecho, puedo hasta grabarlo en vídeo y enseñártelo luego, ¿quieres?

Y así, con la pregunta flotando en el aire, se quedaron las dos sentadas un rato. Mirándose. Hasta que la peque perdió la paciencia, se levantó agarrándose del pelo y del jersey de su tía, y le dió un beso. Pasó en un segundo, pero, para ella fue el segundo más mágico del día, del mes, del año. Cuando reaccionó, quiso abrazarla para darle un beso bien sonoro, pero para entonces apareció otro abejorro, y ella pasó a un segundo plano.

— Vamos a perseguir al abejorro — dijo muy bajito —, que descubrir algo nuevo, no tiene precio.
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