Trasplantes

- ¿Entonces, me tienen que hacer un trasplante de hígado?

- Así es, señor Pérez. Le hago la derivación y coja hora en el mostrador - respondió el médico, impasible, mientras rellenaba los campos en el formulario de derivación en línea a cirugía.

Atrás quedaban los días en que someterse a un trasplante implicaba pasar a formar parte de una lista de espera, de un tiempo indefinido lleno de esperanzas y angustias. El problema de la disponibilidad de donantes se había solucionado con la síntesis de órganos en laboratorio. Ahora nadie tenía que sufrir la ambivalencia de sentirse afortunado por tener un nuevo órgano funcional a la par que abrumado ante la idea de que otro había tenido que morir antes que tú, pudiendo así aprovechar sus restos como quien saquea un cadáver.

Al principio se consiguió crear órganos específicos a través de células madre, que podían mantenerse vivos mientras se aceleraba su crecimiento hasta llegar al tamaño que se desease. De cada órgano se elaboraban diversos modelos según la edad del cuerpo al que estuvieran asignados. Si bien los trasplantes habían sido un éxito, la adaptación al cuerpo anfitrión resultaba ser larga y no exenta de molestias. Los nuevos órganos estaban sanos pero eran inexpertos; el tamaño adulto no implicaba que su función se llevara a cabo como si siempre la hubiese realizado, al contrario, el órgano tenía que aprender a "hacer lo suyo" desde cero. Pronto se vio que no era óptimo hacer crecer los órganos desde un modelo cismático, aislados de su entorno y de los estímulos que éste les aporta de forma natural. Un estómago necesitaba aprender a digerir comida, por ejemplo.

La solución a este problema vino desde la robótica. Se crearon androides para albergar vísceras de origen pseudohumano, haciendo uso de ellos mientras los contenían. Tenían que constituir partes esenciales de su sistema para que el órgano "aprendiese" su función, de tal modo que todo el robot resultaba inoperativo al extraérselo. A los robots se les mantenía en comunidades de ingeniería, con actividades diarias parecidas a las que efectúa un humano, de forma que el órgano tomase contacto con un contexto lo más similar posible al de su destino final. Una vez el órgano alcanzaba el tamaño objetivo, se tomaba del interior del robot y el resto del androide era transportado a una planta de reciclaje.

- ¡Qué suerte haber nacido en este siglo! ¡Nadie tiene que morir para que yo viva! - suspiró el Sr. Pérez, mientras se encendía un puro a la salida del centro de salud.

Mientras tanto, en una comunidad de ingeniería no muy lejos de allí recibían la solicitud de órgano para el Sr. Pérez. El funcionario miró un listado, se levantó, fue hacia una sala y le dio la orden de acudir con él a un androide que se encontraba jugando a cartas con otros modelos similares a él. Obedeció al instante, estaba programado para ello. El resto de robots le dijeron adiós con sus manos de metal, al ver partir a otro compañero de los que ya no volvían más.
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