Bifurcación

Cerró su párpado izquierdo para ver el paisaje desde otra perspectiva, pues Arthur seguía considerando que la imparcialidad consistía en eso. No vio, centrado en distinguir la profundidad con un solo ojo, la ligera mariposa que de lo contrario habría percibido como parte del conjunto. Era este un animal fugaz y brillante a la luz del sol, al igual que los cometas que a Arthur tanto le apasionaban de pequeño, en esa etapa de su vida en la que cada detalle descubierto era un elemento más añadido al infinito puzle de la realidad.

Cerró su párpado derecho para ver el paisaje desde otra perspectiva, pues Arthur seguía considerando que la imparcialidad consistía en eso. Sus pensamientos se vieron cortados, sin embargo, por la aparición de una refulgente mariposa en el extremo de su campo de visión, la cual apartó de su mente el espacio que le rodeaba, recordándole su ya apagada ilusión por las estrellas fugaces.

Una vez abierto el ojo, se levantó del banco en que había decidido apoyarse y prosiguió su largo paseo hacia el interior de la frondosa arboleda, que había estado analizando bidimensionalmente, para profundizar en el conocimiento del entorno. Los pequeños cúmulos que manchaban un cielo ambarado, cuyo proceso de formación había también escrutado junto al paisaje, no le intimidaron lo más mínimo.

Una vez abierto el ojo, se levantó apresuradamente del banco con el objetivo de seguir el vuelo de la mariposa, en cuyo frágil aleteo focalizaba ahora toda su atención. El animalillo, como debilitado por la mirada de Arthur, incrementó su innata excitación y escapó de su indeseado interés a una velocidad que dejó perplejo al joven científico. Se vio obligado a cerrar los ojos ante la llegada de una fuerte ráfaga de viento helado, de una violencia tal que no habría podido ser sino causada por las furiosas alas de la huidiza mariposa.

El cielo parecía acobardado ante la indiferencia de Arthur, y con la retirada de los furiosos pelotones de nubes se mostraba rojo y vibrante. Las hojas de los árboles que rodeaban al joven científico se incendiaron, le pareció, por lo que no pudo evitar detenerse de nuevo para apreciar el ocaso del día filtrado por los robustos robles, cuya quietud transmitía la sensación de un mundo que confabulaba a su favor. Una sonrisa amaneció en su rostro cansado. La mariposa rozó de nuevo los límites de su visión; tampoco en esta ocasión fue capaz de reorientar el rumbo de la existencia de este científico incipiente y perfeccionista.

El cielo, en fugaz alianza con la mariposa, arengó a sus tropas con fuertes rugidos de cólera, y el viento, movido por las incesantes alas del animalillo, arreció cargándose de densas gotas de lluvia que rápidamente enfriaron la pálida cara de Arthur. Este, maldiciendo su iniciativa de visitar el bosque, corrió, ya empapado, hacia la salida para tomar el primer autobús de vuelta a casa. Destellos periódicos seguidos de más rugidos iluminaban su rostro en intervalos periódicos. Sabía Arthur que permanecer bajo uno de esos árboles que antes centraban su atención no era buena idea. El vaho que exhalaba le empañaba los cristales de las gafas impidiéndole ver con claridad el entorno que pocos minutos atrás analizaba con precisión casi milimétrica. Entre fulgores, recorriendo un largo pasillo de cipreses, avanzó hasta la salida. Al primer cruce, impelido por la violencia del vendaval y aterido por la lluvia incesante, confundió destello con luz de faro y terminó con la mirada perdida en las profundidades de la bóveda celeste.

Qué desafortunado accidente terminó con la vida del joven científico. Cuántos lamentos generó la fugacidad de una mirada; qué costoso el mínimo detalle, el pequeño percance, la más nimia desviación de lo que podría haber sido una tarde más, sin mariposas. El animalillo, refugiado de la lluvia y ahogado por la culpa, murió como Arthur, víctima del caos.
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