EN BUSCA DE UN HOGAR

Todos me conocéis aunque todavía no sabéis quien soy …
Mi historia comienza hace millones y millones de años.
Lo primero que recuerdo es estar en la galaxia Andrómeda, viendo si había algún sitio interesante para quedarme. Después de investigar un poco me di cuenta de que esa galaxia no era para mí, y decidí ir en busca de otra. Después de recorrer 2,5 millones de años luz encontré la galaxia perfecta: la Vía Láctea. Me pareció bastante bonita con sus largos brazos repletos de astros, como 250.000 millones de estrellas, así que no sabía si quedaría algún sitio para mí. Empecé a investigar alguna estrella, sistema… pero ninguno me llamaba demasiado la atención.
De repente, cuando estaba a punto de irme, vi a lo lejos una bola de fuego y gases, con un movimiento de rotación sobre su eje. Era el Sol, enorme, aunque no era la estrella más grande que había visto en la Vía Láctea. También había unos astros de forma casi esférica, que orbitaban alrededor del Sol, y me di cuenta de que esos eran los planetas.
Decidí entonces adentrarme en lo que se hacía llamar el sistema solar. Lo primero que me encontré fueron los planetas enanos, llamados así ya que no son los suficientemente grandes como para barrer los alrededores de sus órbitas. No me pareció un buen sitio para quedarme porque eran más o menos de mi tamaño.
Después fui a Neptuno, no me convenció porque estaba muy lejos del Sol y era un planeta muy ventoso, tanto que los vientos superaban los 1.500 kilómetros por hora, por lo que decidí seguir mi búsqueda.
Tras recorrer unos cuantos millones de kilómetros me encontré con Urano. Ese planeta tampoco me pareció el adecuado. Era un poco raro porque sus anillos giraban de arriba a abajo, eso me gustaba, pero tenía temperaturas de -224ºC y yo no podría soportar tanto frío.
Pasado un tiempo llegué a Saturno, el planeta más grande que había visto hasta ese momento en el sistema solar. Además tenía unos anillos llamativos formados por billones de piezas de hielo, polvo y piedras. Parecía perfecto, pero después me percaté de que seguía haciendo demasiado frío, ya que Saturno era el sexto planeta más alejado del Sol.
Más tarde me encontré con Júpiter y me demostró que Saturno no era el planeta más grande de allí. Era bonito, aunque tuviese una gran mancha roja que él mismo me dijo que era un torbellino gigante. Por lo demás me parecía un planeta estupendo. Cuando le pregunté si podía quedarme allí, me respondió que no, que tenia 67 satélites naturales orbitando a su alrededor y no quería uno más. Yo me quedé sorprendida porque acababa de descubrir que yo era un satélite, y decepcionada porque ya no me podría quedar en Júpiter.
Estaba siguiendo mi camino, cuando vi unos cuerpos muy pequeños, algunos rocosos y otros metálicos, que tenían formas irregulares y que me cortaban el paso. Dos de ellos salieron a mi encuentro, Ida y Gaspar. Les pregunté que por qué estaban todos ellos ahí. Me respondieron que eran el cinturón de asteroides y que lo que había visitado eran los planetas exteriores, los gaseosos. Todavía quedaba cruzar los planetas interiores, los rocosos. Después de nuestra conversación me ayudaron a pasar. Yo les di las gracias y nos despedimos.
Cruzando el cinturón de asteroides, vi Marte a lo lejos. Cuando llegue a él, me pareció que era muy pequeño ya que antes había estado en Júpiter… Sin dar más rodeos, me fui de allí inmediatamente.
Luego llegué a un planeta muy diferente al resto, con sus océanos y sus montañas verdes y eso me llamó mucho la atención. Era La Tierra. Además había otra cosa en ella llamada seres vivos que me observarían si me quedaba. Le dije que me había gustado mucho, pero que quería visitar los dos planetas que me quedaban.
Cuando me acerqué a Venus casi me muero de calor. No pude ni entrar. Me llamó la atención que a su lado había un cometa con quien me puse a hablar enseguida. Me dijo que se hacía llamar Halley. Me hice muy amiga suya, hasta me acompañó a ver Mercurio, que por cierto tampoco me convenció. Seguía haciendo demasiado calor.
Así que volví a La Tierra con el cometa Halley. Cuando llegamos, él me dijo que debía ir a su órbita y seguir su camino. Nos daba pena despedirnos, pero prometió que cada 76 años vendría a visitarme. Yo acepté con una sonrisa.
De nuevo hablé con La Tierra y le dije que había decidido quedarme ahí. Se alegró mucho porque tendría compañía y la noche ya no volvería a ser oscura. Por eso me llamaron Luna, que proviene del latín “lucina”, que significa brillar.
Por fin había encontrado el sitio perfecto.
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