El egoísmo de la gravedad

Era el séptimo intento de Unai.
Trepaba por el árbol, se ponía en posición, se concentraba y se tiraba, cayendo siempre en el frío y duro suelo del jardín de sus tíos.
Octavo intento.
No se cansaría de intentarlo. Siempre había querido volar, pero esta vez no era para divertirse volando entre las nubes.

Justo cuando cayó por novena vez, Elaia, su hermana mayor, apareció por la puerta del jardín. Vio a su hermano en el suelo y corrió hacia él.
-¿Te has vuelto loco? - exclamó ella, situándose entre el niño y el árbol para que no pudiera volver a subir.
Él insistía en subir.
-Para ya, vas a hacerte daño. - dijo ella, sin apartarse de su lugar.
-Solo quiero volar. - fue lo único que el crío respondió.
-¿Volar? ¿Enserio? ¿Has vuelto a ver “Peter Pan”? - le dijo, con burla. Ella pretendía sacarle una sonrisa a su hermano, pero consiguió todo lo contrario.
Unai se limitó a bajar la cabeza y responder.
-Solo quería… quería visitar a mamá y a papá ahí arriba. - dijo, señalando el cielo. - Me dijeron que ellos no volverían, pero a lo mejor yo sí que podía ir a verlos un rato.
A Elaia se le cristalizaron los ojos, pero no pensaba derramar ni una sola lágrima frente a su hermano.
Ella tenía 15 años, era más madura y entendía cosas que su hermano pequeño aún ignoraba.
No quería ser débil delante de él, no delante de la única persona que aún le importaba y quería.
Se veía en la obligación de contarle la verdad, porque sabía que todos le mentirían.
-Unai… Nosotros no podemos ir a visitarlos tampoco. - dijo ella, con un nudo en la garganta y el estómago revuelto.
-No lo entiendo. ¿No nos querían ver más y por eso nos caímos con el coche? - el niño derramó la primera lágrima, y a ella se le rompió el corazón.
-¡Pues claro que no fue por eso! Ellos nos querían mucho, tú lo sabes. Nunca harían algo así. - le explicó ella.
¿Cómo un niño tan pequeño podía tener ideas tan locas?
-Entonces, ¿por qué no los volveremos a ver? - inquirió él, derramando la segunda lágrima.
-Pues… - ella quería decirle la verdad, que los muertos, muertos estaban y que sus padres no eran una excepción.
Quería hacerlo, pero no podía. No tenía fuerzas para decirle a un niño inocente que sus padres habían desaparecido para siempre y que no estaban en ningún lugar, ni en el cielo ni en el infierno.
-Es por la gravedad. - sentenció ella. Espero que el niño se lo creyera.
-¿Qué es eso? - el niño estaba confundido. Quería saber qué o quién era aquello que se había llevado a sus padres.
-¿Cuándo saltas, que vuelves a caer? - el chico asintió mientras observaba fijamente a su hermana. - Pues vuelves a caer porque, en el centro de la Tierra, hay un punto invisible que hace que estemos pegados al suelo, y ese punto se llama gravedad. ¿Entiendes? - el niño asintió con la cabeza.
En realidad no le había quedado muy claro, pero sabía lo importante: que la gravedad no les dejaba ver a sus padres porque los tenía enganchados a suelo y no les dejaba ir al cielo.
-Por eso no podía volar, ¿verdad?
-Sí, por eso mismo.
El chico se quedó pensativo. Le daba vueltas y vueltas al tema, pero para él no acababa de tener sentido.
Ella miraba al chico, intentando descifrar qué era lo que estaba pensando.
-Entiendo que podemos ir a verlos, pero, ¿por qué ellos no vienen a vernos a nosotros?
La chica abrió los ojos como platos y dijo lo primero que se le pasó por la mente, otra vez.
-Porque la gravedad es muy egoísta. - Unai la miró con confusión, y ella prosiguió su explicación - A veces, la gravedad no quiere que nadie sea más buena que ella y desengancha a la gente del suelo y se la lleva al cielo, donde la encierra en una especie de cárcel para que no puedan salir.
-¿De verdad hace eso? ¡Vaya estúpida! - exclamó él, con el ceño fruncido. Ella pensó que se veía adorable así.
-Lo sé, pero ahora solo hay que esperar a que la gravedad sea egoísta con nosotros y podamos subir con ellos. - suspiró ella, creyéndose su propia mentira.
-¿Qué tenemos que hacer para que eso pase? - preguntó, intrigado. Quería subir lo antes posible con sus padres.
-Tenemos que ser muy buenas personas, tanto que la gravedad nos acabará teniendo envidia. Tenemos que ayudar siempre a los demás y no ser egoístas con ella.
El niño reflexionó las palabras de su hermana. Después de unos segundos, volvió a hablar.
-Lo haremos juntos, ¿verdad?
-Por supuesto, Unai. Siempre estaremos juntos en esto. - Elaia suspiró de nuevo y le dio un beso en la frente a su hermano.
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