Amor en verso

A veces las cosas más simples y sencillas son las que más atraen, mucho más si estas cosas sencillas, son imposibles de poseer o simplemente son muy difíciles por tu deseo de que se mantenga en su pleno esplendor.
Esto lo entendió perfectamente Alan, un chico que terminó la educación secundaria obligatoria y que se cautivó por el aleteo de una mariposa. No solo era por su sutil y ágil vuelo sino por sus bellos colores. Esta mariposa pasaba cada día a la misma hora durante el mismo período de tiempo, sin embargo, a veces se quedaba quieta en el borde del escritorio, como si estuviera preocupada.
Alan descubrió por internet, que se trataba de una mariposa monarca, la más bella de todas las mariposas. Lo malo es que por lo mismo era de las que más solía capturar la gente.
Los días, las semanas y los meses pasaban, más rápido que de costumbre, hasta que un día la mariposa no entró a la habitación de Alan, ese día no pudo dormir, pensando en qué le habrá pasado a la mariposa y en la posibilidad de que por haber cambiado ciertas cosas de sitio, ella no hubiera encontrado la ventana.
Ojalá solo hubiera sido un día en vez de cuatro, Alan podría haber dormido en esas noches y estar centrado en otras cosas, en vez de estar hundido por echarse a sí mismo las culpas de algo que realmente no le hubiera afectado si no se hubiera encariñado con esa mariposa. Lo convirtió en una costumbre, en una necesidad, y cuando la perdió de vista, se perdió a sí mismo.
Tras esos cuatro días regresó la mariposa y Alan se sentía completo de nuevo, se sentía feliz pero hubo algo que cambió, la mariposa se quedaba menos tiempo en su habitación y ese tiempo que no estaba Alan lo utilizó para descansar soñando en la mariposa. Soñaba que se encontraba en una puesta de Sol y en el último momento, en el último rayo de Sol, aparecía la mariposa y se posaba en su mano, después en su nariz y para terminar lo llevaba volando para caer en un montón de hojas secas, donde perdía de vista todo para después despertarse de un salto de la cama.
Ese mismo día le llegaron varias cartas y con un sello con forma de mariposa, le pareció algo irónico. Extrañamente las cartas contenían hojas en blanco, que las utilizó para escribir un poema. Lo mágico vino cuando el mismo poema apareció en la hoja después de escribirlo Alan durante nueve horas seguidas.
Al pasar el día cuando regresó la mariposa, sacó la hoja y leyó lentamente su poema:

- Bella mariposa,
aunque no puedas entender estos garabatos,
quiero que sepas que soy mejor persona
desde que estabas volando en mis sueños.
Gracias a ti
he entendido, que no debo vivir en ellos
después de estar herido, no morí,
que feliz al pensar que de ti venían esos sellos.
Pero quizás
las sonrisas que provocamos
eran de verdad
porque los dos nos amábamos.
Y en ese momento,
en el que ambos apunto de estallar
teníamos la manera más bonita de perder el tiempo
simplemente con mirar
surgió un nuevo significado
para la palabra amar.

De alguna manera la mariposa hacía como si le hubiese entendido, se posó sobre su mano derecha y cuando él levantó la cabeza, vio el último rayo de Sol.
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