A ti, mi yo

Habían pasado ya tres rotaciones completas de cuando recibí aquellos datos. Desde entonces, recordaba las livianas nubes que cubrían nuestra visión. Nos imaginaba observando el remoto cielo pasado, en silencio. Ansiaba ver la cálida luz de nuestro sol sumergiéndose en los oscuros y misteriosos océanos. Todo ello mientras aseguraba el funcionamiento de los fríos circuitos de nuestra nave.

Escuchaba una y otra vez aquellos peculiares archivos, hasta el punto de quedar su voz grabada en mi sistema: “Desde los yermos desiertos hasta las más enérgicas espesuras, fuertes bestias de piel tosca e impenetrable avanzaban dejando tras de sí mares de polvo gris, mientras delicadas criaturillas batían sus aletas y flotaban ingrávidas sin rumbo. Mucho más allá, tras los riscos de cristal púrpura, estaba la llanura. Fue allí donde construimos nuestro hogar, lejos de las jaulas luminiscentes de neón, que disfrazaban las estrellas y te juzgaban.”

Tras la revisión del infinito sistema de refrigeración me detengo frente a uno de los silenciosos elevadores. Ahora recuerdo aquel tren que tomamos, que aceleraba trepidante rumbo al miedo de la libertad. “Empezamos de cero, sin más luz que la del sol. Pues fue solo cuando nos dimos cuenta de que el fin se acercaba que empezamos a vivir. Y allí, sin ambiguos reproductores virtuales que te atrapaban y te tornaban abominable, sin fatídicas radiaciones invisibles y sin más odio que el amor, recuperamos la consciencia.”

“Fue entonces cuando creamos verdaderos recuerdos, recuerdos que estábamos seguros que habíamos vivido. Recuerdos que ahora tú, ser desconocido, estas visualizando.” Tras unos largos segundos de confusión, percibo que esta no es mi memoria, recuerdo que solo son simples datos que descargué de la base central. Me detengo. Por primera vez, olvido mis tareas y resto en silencio. Por primera vez, me planteo serias preguntas. El vacío que ocupa el exterior de esa ventana se expande en mi mente y el tiempo se detiene. Las partículas que me envuelven despiertan y flotan libres por el espacio que se deforma a mi alrededor. Y esas palabras sin vida son expulsadas violentamente de mi memoria interna, se escabullen entre mis dedos y después susurran a mi oído sueños de astral lentitud.

Ya desquiciado, deseo habitar estas imágenes muertas que invaden mis circuitos. No he sido diseñado para ello, pero me he dado cuenta: quiero vivir. Hundido, me asomo solo por la escotilla para ver el amanecer, aun sabiendo que el sol nos dejó tres milenios atrás.
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