EL PLANETA DE PLÁSTICO

La bruma se extendía alrededor del barco, al igual que un inmenso manto de seda. Las olas golpeaban bruscamente, haciendo que aquella estructura de madera se balancease sin cesar de un lado a otro. En su interior, los marineros estaban reunidos, aclarando las últimas especificaciones del plan de pesca del día. Ya llevaban cuatro semanas navegando en aquellos mares lejanos y cada vez faltaba menos para iniciar el viaje de vuelta. En todo ese tiempo, habían sido cómplices de intensas tormentas, fuertes galernas y olas imponentes, sumergidos en los misterios ocultos del mar.

El viejo Arnau, quien aseguraba saberse de memoria todos los mares de la Tierra, aquellos últimos días se sentía perdido; como si se hallasen a la deriva, fuera de aquel mapa del camarote del capitán. Los compañeros más jóvenes, en cambio, no se creían sus historias y pensaban que no eran más que tonterías.

A medida que la mañana avanzaba, la niebla se alejaba de la piel del mar, evaporándose hacia el cielo con suma delicadeza. A pesar de ello, el tiempo no era nada bueno y el viento y el frío mantenían congelados a los pescadores. Además, el triste cielo formaba un reflejo oscuro en la superficie del mar, que se mezclaba con la espuma en el trajín de las olas.

Los marineros acabaron de ordenar el barco y comenzaron a preparar las herramientas de pesca. Se pusieron las botas y los chubasqueros y empezaron a comprobar que las redes no tuviesen ningún agujero. Al asegurarse de que estaban enteras, las apilaron en un lado del barco, listas para ser lanzadas al mar. En cuanto el capitán dio la orden, las redes fueron arrojadas al agua, con la esperanza de que cogiesen muchos peces.

De repente, un estruendo causado por un trueno puso la piel de gallina a los navegantes. Al momento, como si este hubiese sido una señal, empezó a jarrear. Los marineros dejaron las redes colgando del barco y corrieron a refugiarse de esa intensa pero breve tormenta. Al terminar, los pescadores se acercaron a las redes para sacarlas del mar, y para la sorpresa de todos, casi no habían pescado ningun pez, al contrario, habían cogido un montón de plástico. Al observar eso, sintieron una rabia enorme, tras suponerse que algún barco, debido al temporal de los últimos días habría naufragado, dejando toda su basura dispersada por el mar.

Además, miraron alrededor y se dieron cuenta de que había varios plásticos flotando en torno al barco. En ese instante, sin ningún cargo de conciencia, vaciaron las redes devolviendo de nuevo toda la basura al mar.

Entonces, un pescador que estaba subido en el mástil dio un grito avisando a sus compañeros de que a lo lejos podía observar una isla. Estos, fueron en busca del capitán, con la intención de informarle sobre lo sucedido y pedirle nuevas órdenes sobre lo que debían hacer. El capitán, aprovechando que la isla estaba cerca, decidió que debían acercarse a ella. De ese modo, tal vez podrían hallar algo interesante y de paso podrían descansar al menos por un rato en tierra firme; lejos de los balanceos constantes de aquel gran pesquero.

Al llegar allí no podían creer lo que tenían delante de sus ojos; una enorme isla de basura que se expandía hacia el lejano horizonte. Plásticos de todos los tipos y colores cubrían el mar al igual que un enorme manto. Los marineros se quedaron de piedra al apreciar la inmensidad de aquella isla de contaminación que acababa con la vida marítima. En ese instante fue cuando realmente se dieron cuenta del enorme impacto que tienen nuestros pequeños actos diarios, los cuales van acabando poco a poco con nuestro único planeta.
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