El misterio

Estábamos todos reunidos: la reconocida astrónoma africana Tounkara, que ahora esperaba un ascenso; el botánico más famoso de la última década, el doctor Williams, incansable trabajador en Texas; el mejor físico del mundo, el señor Fujimoto, recién venido de Japón; la mano derecha del señor Valcarce, la señora Hansen, su colaboradora desde que se mudó a Sidney; y finalmente, mi mejor amiga y compañera, Blake Watson y yo.
Estábamos investigando sobre algo que había despertado rumores y temor en kilómetros a la redonda… el intento de asesinato del profesor Valcarce el domingo anterior. Valcarce era educador en una prestigiosa universidad en Sidney. Alguien había tratado de ahogarle en su despacho, dejando una planta recién descubierta en el laboratorio de la señora Hansen con una nota diciendo que era un regalo para su jefe.
Esa planta era altamente peligrosa, y desprendía una toxina volátil que, al ser respirada durante un período prolongado de tiempo, provocaba una parálisis muscular: primero se detenía la musculatura voluntaria y luego la involuntaria, algo parecido al curare, pero diseminado por el aire.
El profesor había dado clase a la señorita Tounkara, al señor Williams, y al señor Fujmoto, pues era como una especie de comodín en la universidad. Era un hombre muy sabio, pero no era buena persona.
Por ejemplo: a Tounkara había estado a punto de arruinarle la carrera por un único fallo en su tesis, hacía dos años.
A Williams le ridiculizó el mes anterior delante de los asistentes a una conferencia a la que estaba invitado, lo que había hecho que todo el mundo se riera a su costa. Además, cuando Williams le preguntó el por qué, éste le respondió que “era cruel que creyera que la gente le haría caso sin saber que era un mono circense”.
Dos semanas atrás, Fujimoto también había sido víctima de los insultos de Valcarce por su origen asiático teniendo que escuchar insultos hacia su país, familia e higiene.
En cuanto a la señora Hansen, una mujer apasionada con su trabajo, había tenido la desgracia de tener que hacerlo cobrando una miseria y trabajando casi de sol a sol. A pesar de su descontento, Valcarce parecía no darse cuenta de ello, y le confiaba muchos trabajos, sin reconocer su mérito ante la comunidad científica.
Blake y yo estábamos de acuerdo en que cualquiera podía ser el culpable, si no fuera por las coartadas.
La astróloga Tounkara decía que había estado con unos amigos de la universidad que se alojaban en la ciudad; el botánico Williams comunicó que estuvo observando la fauna marina; el físico dijo que acababa de volver de una rápida visita a su familia en Japón y la señora Hansen argumentó que estaba haciendo horas extra para terminar todas las tareas encomendadas por su jefe.
Una vez escuchados los sospechosos, decidimos investigar por nuestra cuenta. Habíamos mandado cerrar el despacho por completo, para no alterar las pruebas. Lo único que faltaba era la planta asesina, pues la identificamos como la responsable, en parte porque era la única que había, y en parte porque le hicimos algunas pruebas en el laboratorio que demostraban que la toxina era de origen orgánico. Analizamos las huellas de la puerta y las del tiesto, pero los resultados eran contradictorios… En la puerta se encontraban las huellas del señor Valcarce, del señor Fujimoto y de la señora Hansen. Lo del señor Valcarce y lo de la señora Hansen era normal, puesto que fue la señora Hansen la que salvó a su jefe abriendo la puerta, y haciendo que la toxina de la planta se esparciera, disminuyendo visiblemente su efecto, pero no me cuadraba lo del señor Fujimoto... Por otro lado, en el tiesto hallamos las huellas del señor Valcarce, de la señora Hansen y del señor Williams. Y lo último, pero no menos importante, cuando abandonamos el despacho, nos encontramos un pelo demasiado largo y demasiado oscuro como para ser del profesor o de su compañera…
Al final llegó la hora de descubrir al culpable:
-Tras mucho tiempo pensándolo, hemos llegado a una conclusión- dijo Blake-. Señorita Tounkara, encontramos un pelo suyo en el despacho del señor Valcarce, pero usted solo iba para obtener una recomendación suya para su ascenso, por lo que no puede ser la culpable.
-Señora Hansen, usted introdujo la planta en el despacho del señor Valcarce, pero como le salvó, aunque fuera sin querer, queda descartada-argumenté yo.
-Señor Fujimoto, usted solo entró en el momento en el que se enfrentaron el profesor y usted, y por ello, es inocente-añadió Watson.
-Finalmente, señor Williams, su coartada es la única que no cuadra: ¿qué hace un botánico que estudia las plantas observando la fauna marina? No, usted sabía dónde encontrar la planta, y fue usted el que la cogió, por lo que es el culpable.
J. Holmes
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