4.231 Kelvins

—Dicen que no hagamos esa clase de cosas —afirmo —. No nos aportan nada.
Tal cual era cómo lo decían ellos. Llevo ya varios años aquí, en Lovaina, trabajando. Desde hace mucho tiempo, suelen decir en la televisión que la ciencia es secundaria en un mundo donde no podemos cultivar apenas.
—Ellos dicen muchas cosas, Gisèle. Y más bien pocas son ciertas —responde Jule.
Jule siempre sabe qué responder cuando habla conmigo. Llevamos trabajando juntos en la Facultad de Física Cuántica desde que yo tenía diecisiete años. Ahora tengo veintiuno, y él, veinticinco. Es uno de los pocos que me habla, en lugar de ignorarme. Siempre que puede, claro. Ahora tampoco puede hablarme demasiado; estamos absortos en cálculos complejos.
Pero todo cuanto hacemos es difícil de entender si no hablo un poco de Europa en la actualidad. Hace cuarenta años que se firmó el Tratado de Viena, en 2050. Toda la Unión Europea se reunió para firmar pactos para reducir el cambio climático, pero es como si no hubieran hecho nada. Por eso no entiendo a los adultos; fingen querer hacer cosas que después nunca hacen. Nunca me han tomado en serio porque dicen que soy rara.
Y por eso estamos Jule y yo aquí. Hace poco se recuperó el Tratado de Viena ante un problema aún mayor. Todas las universidades de Europa están trabajando en el mismo proyecto: una forma innovadora de obtener energía, que no contamine. El trabajo de nuestra facultad es estudiar cómo compensar la, irónicamente, degradación de energía que supondrían los dispositivos.
—Los que dicen que este proyecto no nos aporta nada —continúa Jule —son los culpables de que tengamos que llevarlo a cabo.
Tiene razón. Petróleo, carbón… las he estudiado todas en Energías, en segundo de Física. Las conozco y en el fondo sé que son peligrosas, pero siempre me ha costado entender el peligro y cosas como la crueldad. Por eso dicen que soy rara. Pero mamá y papá siempre dicen que no haga caso a los demás si me molestan.
—Eso no funcionará —digo súbitamente —. Necesitaremos un filtro más resistente.
Hacemos máquinas para intentar reparar nuestro mundo, cuando son las máquinas las que casi lo destruyeron… no entiendo a los adultos. Pero es mi trabajo, así que tampoco puedo quejarme mucho. El señor Van Antwerpen siempre lo decía, antes de morir de cáncer de pulmón. Mucha gente muere ahora de cáncer de pulmón, con los hidrocarburos que se liberan desde las fábricas, los aviones, los coches y demás. No suelo decirlo, porque no sé cómo reaccionaría la gente, pero pienso que, si no se hubiera despreciado a Nikola Tesla hace años, estaríamos mejor.
—¿Por qué ha de ser más resistente?
—Este es un motor que funciona con agua. Va a haber temperaturas elevadísimas que van a aumentar el volumen del vapor. A esa temperatura, la presión que ejercerán los gases será demasiado elevada como para que las paredes de los tanques resistan. Para resistir esa temperatura y esa presión podríamos usar algo como carburo de hafnio o carburo de tantalio.
—El carburo de hafnio sería mejor; su punto de fusión es de 4.231 Kelvins. En la era atómica, se usaba para revestir reactores nucleares, así que debería ser perfectamente capaz de soportar la presión y la temperatura del vapor.
—Hay que tener cuidado con el hafnio; puede arder al tocar el aire.
—Se puede aislar. Además, sólo arde con el aire al dividirlo a escala atómica.
No somos químicos ni ingenieros, pero últimamente hablamos mucho de Química y de Ingeniería. Tres días a la semana se paralizan las clases en la universidad y todos, alumnos y profesores, tenemos que dedicarnos a trabajar en estos aparatos. Llevamos así ya dos meses y estoy empezando a hartarme, pero tampoco puedo decir que no. Si nuestro mundo no estuviese así, al borde del abismo, estaría dando clase de Análisis Complejo. No es que las ecuaciones diferenciales sean muy divertidas, pero al menos es lo que yo elegí estudiar.
Al cabo de dos horas, termina nuestro turno. Jule pidió tener el mismo horario que yo para que tuviera a alguien con quien hablar. No nos quedamos a comer en la cafetería; nos vamos a casa. Él conduce; yo, no, así que espero a que mamá y papá me recojan. Este es un rato un poco aburrido, pero he de contarlo para que se entienda la historia. Espero diez minutos en la puerta de la universidad hasta que veo el Audi amarillo chillón (odio ese color) de papá parar delante mí. Entro y me siento atrás. A mi lado va mi hermano de doce años, Marcus. No hablamos mucho en el coche, porque mamá dice que las familias han de hablar en la mesa, comiendo. Yo no tengo mucho que contar; Gisèle van Herten es callada.
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