Noche bajo la aurora boreal

1 de noviembre de 1930.
Nos hemos quedado sin provisiones. La mitad del equipo ha regresado ya, pero no puedo echar por la borda todo mi trabajo. No puedo cancelarlo todo porque tardaríamos días en recoger todo el equipo y emprender la marcha para llegar a la base principal de la investigación. Tampoco nos podemos quedar aquí, pues no tenemos provisiones y no duraríamos más de dos días en este frío invierno en Groenlandia.
Necesito terminar esta investigación. La deriva continental existe y la humanidad debe saberlo para evitar futuros desastres. Las comunicaciones de radio no funcionan y los perros están agotados. Hace un frío helador, las condiciones son inhumanas y el equipo está cansado, pero para una vez que me financian un pequeño proyecto no puedo echarlo a perder. He pasado toda mi vida justificando mis teorías sin el reconocimiento de nadie, este puede ser el momento clave para mi investigación.
Está empezando a anochecer, cada vez hace más frío, creo que estamos a -35º C, el fuego no calienta y seguimos hambrientos. Para mañana tengo que haber tomado una decisión. ¡Qué digo! Antes de irme a dormir. Mi mujer debe de estar preocupada, hace mucho que le escribí y no me ha llegado una respuesta.
Ya está, lo he decidido. Iré yo mismo al campamento mañana. Con el trineo y los perros llegaré antes y pueden sobrevivir con los pocos víveres que quedan unos dos días. Mañana emprenderé el camino, dejaré al cargo a alguno de los hombres. Llegaré a la base mañana por la tarde y al siguiente día ya habré regresado con víveres para sobrevivir.
Lo más importante que voy a tener que resaltar es que no se anule ningún experimento. Esto es una medida extrema pero no puede cundir el pánico.
2 de noviembre de 1930
Acaba de amanecer, ya he informado al subcomandante de mis planes y he dejado instrucciones para el funcionamiento de los experimentos estos pocos días.
Los perros y el trineo ya están preparados y me llevo muy poca comida para recuperar algo de fuerza en el trayecto. Es un día de ventisca y hace todavía más frío que el día anterior, los termómetros marcan -47º C. La ciencia es complicada.
Llevo mitad del trayecto, pero no puedo más, se me están congelando los dedos de los pies y no siento las manos. Los perros están agotados y ya no avanzamos tan rápido. Los del campamento ni siquiera saben que voy y tampoco puedo comunicarme con los de la base porque no funcionan las comunicaciones por radio.
Los perros se han tropezado y me he caído. Me han dejado tirado en medio de la nieve y me empiezo a encontrar mal. Siento un ardor extraño en el pecho. He decidido refugiarme en una pequeña montaña de nieve, pero no hace nada y me encuentro cada vez peor. Los perros no han vuelto. Me voy a desmayar.
Días más tarde
Ni el campamento ni la base saben nada de Alfred. La ventisca ha apaciguado y la base se ha comunicado por radio con el campamento y han conseguido víveres. Se ha emprendido la expedición para encontrarle.
Unos exploradores han encontrado el cuerpo sin vida del científico, congelado y enterrado en nieve.
Años más tarde
Años después de su muerte, la teoría de la deriva continental es finalmente aceptada por científicos y geólogos. El trabajo de Alfred Wegener sale por fin a la luz y obtiene el reconocimiento que merecía.
Otro más cuyo trabajo es aceptado de forma póstuma y efectivamente, ha cambiado la forma de estudiar y comprender la historia de la Tierra y predecirla.
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