La autodestrucción del ser humano

Estamos en el año 2371. El mundo ha sido arrasado a causa del ser humano. Las calles están deshabitadas. Las principales ciudades del mundo se han visto colapsadas: Tokio, Nueva York, Berlín, Moscú... La contaminación ambiental ha llegado a niveles que hacen de la Tierra un planeta inhabitable para el ser humano. A causa de los altos niveles de CO2 se han producido muertes por insuficiencias respiratorias a pesar de los esfuerzos de los científicos por crear purificadores de aire portátiles y de los gobiernos por hacerlos llegar al mayor número de personas, en el menor tiempo posible. No se ha podido evitar que más de un 51% de la población fallezca en las primeras semanas en las que los niveles han llegado a convertir el aire que respiramos en veneno para el ser humano.

Las inmensas cantidades de CO2 que hemos emitido han acabado con gran parte de las especies animales, entre las cuales se encontraban aquellas que nos proporcionaban alimentos. Investigadores de todo el mundo trabajaron en una solución para salvar a las vacas, una de nuestras principales fuentes de proteínas, pero el daño ya estaba hecho. A pesar de que fueron capaces de encontrar un remedio para evitar la muerte masiva, más de un 70% de la población vacuna desapareció y la producción de carne se vio reducida a unos niveles insuficientes para el abastecimiento de la población. La mayoría de las personas no podían comer carne por su escasez, lo cual conllevó a la falta de vitamina B12 y al debilitamiento de una parte importante de los supervivientes.

En un proyecto mundial para intentar salvar nuestro planeta, las mentes más brillantes del mundo se juntaron para idear una solución. Este proyecto tuvo éxito y consiguieron desarrollar una semilla que se plantaba y en solo una semana podía ser recolectada. Esta planta era fruto de las investigaciones desarrolladas a partir de una mutación del ADN de una vaca para aportar las proteínas que las plantas no podían aportar. Al unirse científicos de todo el mundo se buscaba un alimento que pudiese cultivarse en todo el planeta, por ello también se utilizó el Acer palmatum, arbusto que soporta todos los climas, y una Actinidia deliciosa, comúnmente llamado árbol del kiwi, para aportar sabor al nuevo alimento y sobre todo un rápido crecimiento, que ha permitido evitar la muerte por malnutrición de millones de personas.

Pero por cada problema que se resolvía aparecía otro y era aún más grave. A causa de los altos niveles de CO2 los polos se habían derretido ya que el dióxido de carbono había aumentado la temperatura media de la Tierra y como consecuencia de la desaparición de los polos, los océanos y mares subieron su nivel. Esto supuso que ciudades cercanas al mar se viesen afectadas e incluso algunas como Venecia llegasen a desaparecer...

Por si esto fuera poco, se le suma la contaminación de nuestros mares y océanos. Más del 82% del agua se encontraba cubierta por basura y desechos humanos, como plásticos, y esto provocó que la vida en el mar se acabase. Tuvimos que proteger las especies mediante la cría en cautividad en piscinas alejadas del mar para evitar la extinción total de la fauna y flora marina.

Desde el año 2357 el consumo de plástico estaba prohibido, pero esta medida llegó demasiado tarde para nuestros mares y océanos. Por ello, una vez solventando el problema más urgente, como era producir comida con los nutrientes necesarios para el desarrollo de la vida humana, empezó a plantearse la necesidad de recuperar los mares y océanos del planeta. Cuando las mentes más brillantes del mundo se unieron contra un enemigo común, en este caso el plástico, consiguieron lo que parecía increíble, modificar la bacteria ya existente en la naturaleza, Ideonella Sakaiensis, una mutación de la Ideonella que ya se alimentaba de PET (tereftalato de polietileno), uno de los componentes más utilizados por la industria. Esta bacteria degrada el plástico. Siguiendo los estudios de la Doctora Kohei Oda, que identificó la enzima que trabaja en presencia de agua para romper el PET, llamada ISF6_4831, fueron capaces de crear una bacteria artificial llamada Plasticus Terminator, que no solo era capaz de degradar el plástico, sino que conseguía transformarlo en un nutriente para la fauna marina.

Gracias a este descubrimiento comenzó la repoblación de los mares con los ejemplares conservados de forma artificial gracias a la cría en las piscifactorías y se está recobrando la vida en los mares y océanos.

Poco a poco nuestro planeta se va recuperando. Solo espero que esto sirva para que aprendamos que la ciencia y la industria siempre han de ir a la par del respeto por la Tierra y su hábitat, ya que el futuro de nuestra especie depende de ello.

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