Mileva

Nunca pensé que conocerle cambiaría toda mi vida. Desde que nací, siempre mi capacidad para las matemáticas y la física fue discutida, pero estoy segura de que a ninguno de mis compañeros se les valoró por debajo de lo que se merecían. Mi nombre es Mileva Marić.
Desde muy pequeña, siempre he pensado que yo no valía tanto como el resto, ya que siempre se me reconoce por mi ostentosa cojera y el hecho de que soy mujer. Por lo visto, dentro de la sociedad en la que vivo, no ser un hombre trae muchas desventajas sinrazón. Al terminar mis estudios y graduarme con tan sólo quince años, me di cuenta de que mi gran aspiración estaba relacionada con la ciencia. Me transladé seis años más tarde a la Universidad de Zúrich, que era lo que siempre había aspirado, para estudiar medicina, pensando que era una de las mejores opciones a la que era capaz de optar. Sin embargo, al cabo de unos pocos meses me interesé por estudiar en la Universidad Politécnica de Zúrich, una de las únicas universidades en las que se podía obtener un grado para ser docente de física y matemáticas, y a su vez una de las mejores del mundo.
Allí fue cuando le conocí. En mi clase sólo había once alumnos, de los cuales únicamente yo era mujer. Ahí estaba él, Albert Einstein. Una intensa relación comenzó entre nosotros aquellos años. Nuestro interés por la física iba siempre más allá de nuestras clases, nada podía frenar nuestras incansables mentes. Todo fue de maravilla los cuatro años siguientes, únicamente nos faltaba el examen final para obtener la licenciatura, después podríamos vivir juntos y ser felices compartiendo nuestras ideas. Pero poco tiempo antes de ese examen, recibí la noticia de que estaba embarazada. El asunto produjo tensiones a mi alrededor, teniendo en cuenta que quedaba muy poco tiempo para los exámenes y que no estaba bien visto que no estuviéramos casados. Di a luz en casa de mi hermana, lejos de la universidad y de Albert, al que informaba periódicamente sobre la niña. Pero un año después, Lieserl murió por escarlatina, y fue cuando me reuní de nuevo con Albert. Nos casamos ese mismo año, y juntos, seguimos investigando y debatiendo sobre inmensas ramas de la física.
Lo justo hubiese sido que ambos hubiésemos obtenido el título, pero yo no pude conseguirlo, ya que por causa del embarazo no pude estudiar lo suficiente y suspendí el examen. Aún así, Albert siguió estudiando, aunque para mantenernos, tuvo que empezar a trabajar en una oficina de patentes.
Recuerdo esa etapa de mi vida como una de las mejores. Trabajábamos juntos cuando él salía del trabajo en investigaciones que pasarán a la historia: el efecto fotoeléctrico o la teoría de la relatividad. Esta última la desarrolló cuando tuvimos a nuestro segundo hijo, Hans, y todavía éramos muy felices juntos. Seis años más tarde nació nuestro segundo hijo y nos mudamos a Praga porque Albert había conseguido un empleo como profesor de física teórica en la universidad, después de pasar por diversos puestos de docente en Berna.
En aquella época, yo seguía ayudándole todo lo que podía para que él desarrollara sus teorías, aunque únicamente él firmaba sus artículos, yo deseaba que tuviera éxito. Empezó a tener menos tiempo para mí y para los niños, parecía no gustarle estar con ellos debido a su gran interés por la publicación de todas sus investigaciones sin tener en cuenta la familia. Yo tuve que cargar con todas las responsabilidades que conllevan dos niños. Volvimos a Zúrich, fue una época intensa, ya que no parábamos de instalarnos en diferentes lugares por la popularidad y revuelo que habían creado las teorías de mi marido. Después nos movimos de nuevo con rumbo a Berlín, lugar donde Albert podía estar más cerca de Elsa Löwenthal. Supe desde que estábamos en Suiza dos años antes, que a mi marido le incomodaban las relaciones que teníamos como familia. Sospecho que por ello quiso que nos mudásemos a Berlín. Nuestro matrimonio estaba prácticamente destrozado, él hasta escribió una lista con normas que yo debía cumplir para vivir con él. Con ella me sentí totalmente denigrada, como si todos los años en los que yo tuve que sacrificar hasta mi formación no hubieran merecido la pena para él. Ahora mismo él vive con Elsa en Berlín, únicamente espero que en algún momento se me reconozca todo lo que he sufrido para que Albert cultivase sus teorías. Siempre le aporté mis conocimientos matemáticos, pero aunque yo no firmase, me gustaría que alguien me recuerde.
Sólo vivimos si alguien nos recuerda, y yo quiero estar viva para la ciencia.


Mileva Marić, 1922
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