Viejo loco

Era un día cualquiera en Florencia. En clase, la profesora Bianca nos propuso elegir una carrera. Yo tan solo tenía catorce años, pero era muy inteligente. Ya en casa, mi padre intentó persuadirme para llegar a ser médico.
- Hijo, con tu inteligencia, estudiarás medicina, serás un gran médico y te convertirás en una gran celebridad. Sí hijo, serás médico como todos los hombres de nuestra familia.
A mí la medicina no me apasionaba y aun no sabía qué era lo que me gustaba. Así que intenté resistirme, pero no llegué a nada.
- No se hable más. Mañana le dirás a la señora Bianca que te prepare para el examen de medicina.
- Sí padre, así lo hare.
Yo no quería, pero nada podía hacer al respecto.

Al día siguiente, la profesora se alegró cuando le comuniqué la noticia. Y empezó a prepararme. Cada vez sabía más, pero seguía sin apasionarme la medicina. Un día, volviendo a casa, vi cómo unos guardias conducían preso a un hombre mayor hacia su casa. El no oponía resistencia. Noté algo diferente en él: había seguido sus sueños, estaba seguro. Yo les seguí y me subí a una pequeña ventana de su casa; nadie me vio. Por fin caí en la cuenta de que ese hombre era Galileo Galilei. Yo seguí observando, a pesar de todo. Lo único que Galileo hacía era escribir. Intenté ver qué escribía, pero en ese momento la ventana se rompió. Yo estaba asustado. Este hombre loco avisaría a los guardias y me condenarían por robo. No lo hizo. Se quedó mirándome, se fijó en mi pelo y en mis ojos (marrones). Él era muy mayor; tenía el pelo y la barba blancos. Me preguntó:
- ¿Quién eres?
- Soy el hijo de un gran médico. Yo aspiro a ser como él.
Puede que se lo dijera un poco desilusionado, no sé. El caso es que él me dijo.
- ¿A ti te gusta la medicina?
- No…
No me dio tiempo a acabar, cuando me dijo.
- Quizás la ciencia o el espacio…
- No quiero terminar siendo un viejo loco como usted, acusado por enfrentarme a la Iglesia.
- Entiendo, no te crees ninguno de mis experimentos.
- No, y nunca cambiaré de opinión.
- Y se te dejara probar alguno. O, si por ejemplo te dejara usar mi telescopio.

Me invitó a entrar en su casa y a usar su telescopio. Tenía un poco de miedo, pero entré. Nunca había usado un telescopio. Era un invento extraño. Al principio no veía nada, luego se fue aclarando la imagen. El empezó a explicarme lo que veía. Era la Luna. Tenía cráteres y era irregular. Galileo me contó entonces que había descubierto que la Luna tiene fases y la que yo estaba viendo era la fase de luna llena y, por eso la veía tan redonda. Vi que tenía razón y eso me hizo sentirme mal por todas las cosas que le había dicho. Estuve allí toda la tarde. Me invitó a venir otro día, cuando quisiera.

De camino a casa pensé. “Si ver un solo cuerpo celeste me ha emocionado más que toda la medicina junta ¿tendría que dedicarme a la ciencia?”. Pero esa idea se disipó cuando en casa tuve que estudiar y estudiar. Decidí que no iba a contarle nada a mi padre.

Aprendía sobre medicina rápido. Pero más aprendía sobre el espacio, matemáticas o física. Galileo me enseñó la Vía Láctea, estrellas, nebulosas. Lo que más me gustó fue observar varios cuerpos celestes erráticos alrededor de Júpiter a los que él llamaba las cuatro lunas de Júpiter. Las observé varios meses. Era emocionante ver las cosas que me enseñaba.

Pasó el tiempo y ya estaba preparado para hacer los exámenes de medicina. Sabía que si aprobaba sería el último día que vería a Galileo. Mis padres estaban nerviosos. Más que yo mismo, que solo pensaba en no separarme de Galileo. Así que el día anterior a los exámenes, en vez de estudiar fui a verle. Me felicitó por mi gran trabajo todo este tiempo y me hizo un regalo.

- Chico, eres muy inteligente. Y cuando te vayas a salvar vidas, ya no podrás venir a verme.
- Lo sé, por eso quiero agradecérselo, aunque no sé cómo hacerlo.
- Puedes hacerlo aceptando un regalo.
- Por supuesto, ¿qué es?
- Sigues siendo tan impaciente… Te regalaré un objeto muy preciado para mí. Te daré mi telescopio, mi pluma favorita y unas cuantas hojas para tus propios bocetos, tal y como te he enseñado.
- Gracias, los utilizaré siempre.
- Adiós.
- Adiós.

Mi vida fue muy buena. Aprobé los exámenes y me convertí en un gran médico. Mi familia estaba orgullosa. Pero yo siempre esperaba que acabara el día para observar el Universo y crear mis bocetos.
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