Diario de Alexander

10 de septiembre de 1928

No vale…El compuesto 326.985 no sirve. ¡No vale! Estoy harto de esto. Yo no me asigné para esto. Yo quería ser feliz, curar a la gente lo más fácil posible pero ser feliz. Esto no es lo que me dijeron. Era todo mentira. Hay días como estos en los que deseo volver a las trincheras, alzarme y que fuera lo que debiera.

11 de septiembre de 1928

Los experimentos no funcionan y por si no se necesitara más, ya hay habladurías para otra guerra. No quiero que se repita la primera. ¿Para qué? ¿Para que se aniquile más gente? ¿Para que esté a punto de morir? La cosa es más grave de lo que parece. Nadie quiere una guerra.

12 de septiembre de 1928

He ingerido un compuesto no probado para aumentar el ánimo. Mi trabajo no daba resultados. Noto sus efectos según pasa el tiempo…

16 de septiembre de 1928

Han pasado cuatro días desde que escribí por última vez. Me han internado en un hospital por intoxicación. Mi mujer ha estado a punto de matarme. Llevo estudiando y trabajando toda mi vida en curar enfermedades y no puedo curarme a mí mismo. Doy pena. Tengo que trabajar más fuerte.

17 de septiembre de 1928

Prosigo mis investigaciones contra el Staphylococcus aureus, nada. He probado con 35 compuestos más. De ellos, 17 tóxicos para el ser humano, 13 pasivos y los 5 restantes contribuyentes al patógeno.

18 de septiembre de 1928

Han degradado mi investigación de la lisozima a investigación fortuita o espontánea. Me ha quitado mi mérito. Me ha arrebatado mi estatus. ¡Malditos subnormales! He trabajado noches y noches por la lisozima y me lo han arrebatado de mis propias manos. Una crisis se acerca y no quiero no tener nada. Si sigo así voy a perder el trabajo.

19 de septiembre de 1928

Mi mujer me ha pillado intentando administrarme el compuesto del ánimo. Casi me mata. Hemos discutido. No me quiere muerto y lo sé. Ya me disculparé.

20 de septiembre de 1928

Han estado a punto de echarme del trabajo. Orden pésimo, me han dicho. Un compuesto mío ha contaminado una prueba de un científico novato. No iba a conseguir nada. Pero aun así me han degradado a control de mohos. Es un trabajo sin salidas ni resultados positivos. Denigrante. Yo debería estar buscando curas, no jugando con mohos como los novatos.
He guardado una colonia de Staphylococcus aureus por si vuelvo algún día. He numerado todos los compuestos, mohos y las colonias con mi nombre pero sin mi apellido. Es como si un niño pequeño hubiera puesto Alexander en todos sus juguetes. Solo que esos juguetes tienen una bacteria que mataría dolorosamente por infección a todo el que la tocara. Simple. Rápido. Mortal.

21 de septiembre de 1928

Sigo haciendo pruebas a escondidas con el patógeno. Nada. No consigo nada. Lo he escondido debajo de mi zona de trabajo de mohos. Espero que nadie lo encuentre. Necesito trabajar más fuerte.

22 de septiembre de 1928

He llegado esta mañana al trabajo. Un moho ha contaminado una colonia del patógeno y la ha lisado. La ha matado. Ha producido una sustancia blanquecina que ha aniquilado a la bacteria. ¡Lo conseguí! ¡Por fin! He mirado la placa donde estaba el moho que ha caído. Está mi nombre escrito con trazos verdaderamente infantiles y por debajo está impreso el nombre del moho. Me ha salvado mi carrera. Lo amo. Se llama Penicillium notatum y he decidido llamar a su sustancia penicilina.


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