La máquina

El día que la abuela dejó su agnosticismo y se decidió a inventar una máquina para encontrar al abuelo, ninguno creímos que fuera a llegar a las puertas del cielo. La abuela había sido una química excelente en su juventud, alumna del gran Ramón y Cajal, no terminó de encontrar su sitio entre el gremio de doctores e investigadores que la miraban sólo con recelo y envidia debido a su gran talento, por lo que finalmente la vida más tranquila con las urgencias y las dudas de los vecinos en la farmacia le pareció la mejor opción. Allí conoció al abuelo, y allí, por así decirlo, lo vio marchar. Sin tristeza, con tranquilidad, pero con una dosis insoportable de pena.

La abuela siempre decía que si Dios existía, éste debía estar en la tabla periódica de los elementos, pero no en cualquier sitio, sino dentro del bloque de los metaloides, próximo al boro; lo primero porque los semimetales podían ser muy brillantes o completamente opacos y, lo segundo, porque el boro era imposible de encontrar de manera libre o natural. Y claro, la idea de Dios a veces brilla con rabia, pero otras, decía ella, parece olvidarse de dar la luz al entrar y mea a oscuras sobre cualquier cosa. Libre, en fin, para la abuela, Dios no lo era del todo, pues tenía que ajustar cuentas, si no con el resto, al menos sí con ella respecto al destino del abuelo. El hecho de que el Boro y Él no estuvieran a la mano en la naturaleza sólo ratificaba su hipótesis.

Los tubos de cobre terminaban en unas largas pipetas donde caían las gotas condensadas, que posteriormente, y ya sobre una pequeña mesa de muestras, la abuela observaba siempre atenta y vigilante con su cuaderno de notas. Al seguir la línea de aquellos artilugios en sentido contrario, desde la mesa de la abuela hasta los tubos de cobre se podía comprobar que el final de los mismos salía por el hueco de la chimenea y se extendía hacía el cielo unos cuantos metros más arriba. De forma que el ingrávido éter podía precipitarse por el hueco del mismo hasta llegar por una combinación de alcalinos, metales y gases nobles a cristalizar en aquellas muestras infinitamente pequeñas donde la abuela, a la luz del microscopio, podía escudriñar pequeñas parcelas del cielo. Y así, metódicamente, se propuso ir revisando con concienzudo empirismo cada una de las partes nanométricas del mundo divino hasta dar con el abuelo.
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