Retorno al final del mundo

Después de varios días, ya casi ni notaban esa sensación de estar a punto de desintegrarse que les había tenido enmudecidos y con el corazón en un puño al principio de la expedición. La nave seguía crujiendo como uno de aquellos viejos microondas que todavía podían encontrarse mediante el contrabando de chatarra, y las turbulencias en absoluto habían remitido, pero comenzaban a acostumbrarse e incluso a bromear sobre ello. Demasiado, pensaba el cocinero, receloso y santiguador. Durante parte del año era otro trabajador más en los cultivos supraorbitales, y aunque se había hecho a la presión espacial desde pequeño, seguía temiéndola y maldiciéndola. Su hermano decía que por costumbre, o por no tener otra cosa que hacer. Su hermano era el capitán y dueño a parte parcial de la nave. El otro dueño era el banco. Hubo un día en que el cien por cien de la humilde nave había pertenecido al padre de ambos, pero la situación había cambiado mucho desde la apertura de los cultivos extraterrestres. En cualquier caso, el capitán no maldecía ni se santiguaba. Prefería llenar su tiempo fumando y bebiendo vino, o jugando a las cartas con el resto del equipo. Menuda panda, se había dicho en más de una ocasión, a través del grueso reflejo de una botella medio vacía.
Al octavo día aterrizaron en lo que las fuentes describían como un posible área de ocupación situada en la periferia de la antigua civilización terrícola. – Quiero siempre a todo el mundo con el equipo de protección, bramó el capitán. La zona es segura, pero no quiero despistes ni payasadas. Y añadió, dirigiéndose a su segundo, controla la luz verde del comunicador. Si falla, ya estáis de vuelta, entendido? Descuida, patrón, resopló aquél mientras palmeaba la espalda del capitán y se acomodaba el comunicador debajo del hombro, a la altura del pecho.
Ya había anochecido cuando abandonaron la nave por primera vez, pero bien podría haber sido mediodía. La luz solar caía a plomo sobre la superficie seca y agrietada, cubierta por una vegetación desteñida entre la que asomaban como lomos de peces muertos los restos descompuestos de lo que debía haber sido un asentamiento ocupado por decenas de miles de personas. O tal vez millones. Pese a la insensibilidad generada por la impenetrabilidad del traje, la vista sobre el paisaje era tan deslumbrante que parecía descomponerse en un zumbido y un olor a agrio, a pantano.
Jota tragó saliva. Mientras avanzaba entre los escombros, se sentía un viajero del tiempo, casi podía saborear con las yemas de los dedos enguantados el alzado original de los edificios. A un lado y otro del visor de la escafandra se agolpaban figuras que salían de la nada, como sombras, espíritus sedientos de sangre a la llamada de Odiseo, en un descenso de siglos que avanzaba hasta perderse en el horizonte. Sintió vértigo y ese gancho se le enredó en otros sentimientos que no podía descifrar y aleteaban en su interior, sumergidos en convulsiones. Volvió el rostro pesadamente a su derecha, y en un ángulo del visor alcanzó a distinguir la figura encogida pero recia, tal que rama nudosa, de Ge. La anciana se movía sorprendentemente ligera, aunque algo rezagada. Jota aflojó el paso y, cuando al cabo de un rato ambas figuras quedaron a la misma altura, recortadas contra lo que había sido el centro del universo, creyó observar a través de la fibra del visor una mezcla de nostalgia y curiosidad.
Ge había abandonado el planeta apenas salida de la infancia, miembro probablemente de una de las últimas partidas de refugiados que habían conseguido superar el bloqueo orbital. Poco había contado hasta entonces de aquél periplo, apenas algunos comentarios genéricos, que servían para confirmar o desmentir algunas informaciones. Por eso había sorprendido el entusiasmo con el que había acogido la propuesta de enrolarse en esta expedición, formada por un equipo dispar de especialistas. Siendo de las últimas, era, sin lugar a dudas, la primera habitante del planeta que volvía a casa. En realidad, a cientos de miles de kilómetros del lugar que un día llamó casa. Y aún así, prácticamente todo revestía de un aire familiar, cercano.
Más adelante, durante las siguientes noches y días que se sucederían, en perfecto orden pero indistinguibles, un océano de horas y minutos estancados bajo la luz del sol, la anciana iría desvelando detalles de aquella prodigiosa migración transplanetaria. Esa primera noche, sin embargo, una vez librados de la carga del equipo anticontaminación y devueltos a la austera comodidad de la nave, sentados en torno a la mesa y con los músculos todavía resentidos por la sequedad ambiental, la anciana apenas musitó palabra. Cuando Jota, tanteando su ensimismamiento, le interrogó sobre lo sucedido, aquélla se arrellanó en el asiento: Nada, suspiró amargamente. Este fue el problema. Que nunca sucedió nada.
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