Operación Tobar

Llegaron a Villafranca una tarde de agosto de 1926. Diluviaba y pronto anochecería. El cochero detuvo los caballos frente al hostal y rápidamente se apearon de la carreta para resguardarse en el interior. Fernando, el guía e intérprete, abrió la puerta y cedió educadamente el paso a su cliente. Este entró rebufando, sin disimular su hastío por el viaje tan largo y pesado. Fernando se acercó prestamente al mostrador, en el que pronto apareció un hombre que debía ser el propietario. Negoció las habitaciones y el precio y volvió enseguida a comentarle a su cliente que ya podían alojarse. El hombre, molesto aún por el retraso y por la lluvia, se negó, pidiéndole enfurruñado a Fernando, u ordenándole tal vez, que debían ir antes al convento. Fernando, avispado como era, adivinó lo que le quiso decir, porque de inglés manejaba lo justo y encima, como le habían advertido en Madrid, el de los americanos era muy difícil de entender. Le pidió al hostalero indicaciones para llegar al convento y, de paso, un par de paraguas. Resultaron estar viejos y raídos, pero se percataron cuando ya habían empezado a andar bajo el diluvio. Y aunque Fernando intentó que volvieran para pedir otros, el americano se empeñó en continuar, así que siguieron, completamente empapados.

El convento se levantaba majestuoso. Justo encima de la entrada principal, una débil luz solitaria resistía el fuerte envite de la lluvia y allí se dirigieron tras salvar la resbaladiza escalinata que daba acceso al elevado conjunto. Fernando llamó a la puerta y notó que el americano miraba con curiosidad la aldaba con forma de cabeza de león. Abrió un fraile, un tal hermano Daniel. Tras presentarse Fernando y presentar también a su cliente, les dijo que les esperaban ya para el día siguiente, pero que eran bienvenidos y podían cenar y pasar la noche. Fernando, acostumbrado a ejercitar su don de gentes, agradeció con pompa exagerada el ofrecimiento del fraile, pensando que si se alojaban allí les saldría de balde, en Madrid no se enterarían y él podría ahorrarse el hostal, ganándose así unas buenas pesetas de más. Pero advirtiendo la creciente incomodidad del americano por su exceso de fanfarria, abrevió enseguida y le recordó al hermano Daniel el motivo de la visita. Este, diligente como él solo y cumpliendo con precisión el mandato del prior, les pidió que le siguieran.

Llegaron a una pequeña estancia que olía a cerrado y a humedad. Fernando no encontró mucha diferencia entre aquella habitación y una vulgar celda. Por mobiliario sólo había un viejo camastro minúsculo, una mesa y una silla. Encima de la mesa descansaba una caja enorme, desproporcionadamente grande para el tamaño de la habitación. El fraile les dijo que en aquella caja estaba todo lo que habían podido recoger, escritos, planos y algún que otro ingenio de los pequeños. Los grandes, les contó, los habían destruido hacía tiempo. Y esto de puro milagro lo conservaban, porque el prior no paraba de pedirle que lo quemara. En cambio él, que había sido amigo del hermano Mariano, quería conservarlo como recuerdo. Pero cómo se ponía el prior cuando alguien intentaba llevarle la contraria. Así que ya estaba a punto de echarlo al fuego cuando les llegó la carta con la oferta. Si no llega a ser por mí, les dijo, que lo guardé todo este tiempo, se habría quemado. Ahora, por lo menos, el convento ingresaría algo de dinero, que falta hacía.

Mientras el fraile hablaba, el americano se abalanzó sobre la caja y empezó a revisar el contenido. Tras remover un buen rato, proclamó un sonoro y arrastrado “Alright!”. Acto seguido, se sacó por arte de magia un fajo de billetes y se los tendió al fraile, que los contó discretamente y los guardó en algún escondrijo de su holgado hábito. Efectuada la transacción, el americano se volvió aún más intratable y Fernando no le oyó decir palabra, ni durante aquella noche, ni en todo el viaje de regreso a Madrid.

Ya en la capital, Fernando acompañó al americano al hotel. Le ayudó a descargar los bultos y, cuando estaba a punto de despedirse, otro caballero, extranjero también, se acercó a su cliente agitando eufóricamente un papel que llevaba en la mano. Obviamente se conocían. Parecía también americano, pero tenía un acento más suave y vocalizaba mejor. De hecho, Fernando entendió perfectamente cada palabra, aunque no alcanzó a comprender su significado: “Edison ofrece el doble que Tesla por los papeles. Tenemos que negociar con los dos. Nos haremos ricos, este Díez-Tobar* es una mina de oro”.
Fernando se despidió educadamente del americano, que ni siquiera lo miró. Mientras se alejaba, vio que estaba leyendo el papel. En su rostro apareció una extraña mueca, casi fugaz. Era la primera vez que Fernando le había visto sonreír.


* https://es.wikipedia.org/wiki/Mariano_D%C3%ADez_Tobar
  • Visto: 20

ESCOLA D'ESCRIPTURA

ESCUELA DE ESCRITORES

ESCUELA DE ESCRITORES

EDITORIAL GALAXIA

AEELG

METODE

RESIDENCIA D'INVESTIGADORS

INVESTIGACIÓN Y CIENCIA

AELC

IDATZEN

EL HUYAR

EUSKAL ETXEA

BIBLIOTEQUES DE BARCELONA