Que nunca nos parta un rayo

La finalidad del brazo es la mano. La finalidad de su vida es la ciencia. Pudo enriquecerse a su costa, pero no era ése el traje que necesitaba. El emperador precisa trajes de repuesto de combinaciones que tienden al infinito y no aíslan del frío ni protegen del sol; pero Wilhelm, lo que de verdad añora, es la mano de su esposa Bertha.

Recapitulemos. Es anciano (tiene 77 años) y está a punto de fallecer por un cáncer de colon. No hay poesía a la que aferrarse, lo sabe de sobras. Cierra los ojos y se deja llevar.

- ¡He visto mi muerte! - gritó su esposa tiempo atrás, entre asustada y sorprendida, mientras hacía rodar el anillo del que no se separaba nunca.

El recuerdo le produce risa y a ésta le sigue un traicionero ataque de tos. Hace años descubrió qué encerraba el interior de algunas cosas. Los profanos hablaron de “magia” mientras él defendía su física a capa y espada. Reconocimiento no le faltó, así que se supone afortunado. Asume que todavía ahora reconocería la mano de su esposa entre un millón. Mentalmente resigue su silueta, que le sigue maravillando, a pesar de su primera y macabra impresión.

- He trabajado duro... He donado dinero... -la voz de Wilhelm es un susurro. La luz del premio Nobel se agota el día de Santa Escolástica. A ella se le pide por la lluvia y contra los rayos.



Wilhelm Conrad Röntgen descubrió los Rayos X. Despejó la incógnita y obtuvo (obtuvimos todos/as) para siempre lo que la mano de su esposa Bertha ocultaba.
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