La Resistencia

No podían recordar cómo habían llegado hasta allí. Se perdía en la noche de los tiempos, cuando la mítica Una se encajó en el suelo esponjoso y fértil para crecer y multiplicarse, una y otra vez, hasta convertirse en Todas: miles de millones, cada una distinta, especializada, diferenciada. Todas herederas de la exploradora original y por ello conectadas entre sí. Un Yo múltiple que se expandía y evolucionaba hasta llegar a constituir una ciudad entera, una metrópolis organizada, nacida del deseo de toda la población. Su muralla inmensa, gruesa, sólida, las aislaba de la muerte que rondaba el Afuera. Los eficientes canales irrigaban toda la ciudad, transportando las burbujas de oxígeno, los azúcares dulcísimos, las fibras elásticas de las proteínas. Cada cosa tenía su lugar y su propósito. La temperatura era tibia, el ambiente era dulce, y en la tierna penumbra gozaban y se multiplicaban para diferenciarse de nuevo en una repetición circular que aumentaba, a cada ciclo, la grandeza de su comunidad.
Habían creado Utopía.
Y en el punto álgido de su civilización ocurrió lo imposible.
La muralla enfermó, consumiéndose por dentro. Se abrieron en ella boquetes como heridas por los que se filtraron las nubes tóxicas que moraban en el Afuera. La ciudad entera quedó envenenada, sumida en una ciénaga de muerte hasta que los cadáveres se contaron por millones.
Unas pocas supervivientes se arrastraban entre las ruinas de Utopía. Sin saber por qué, podían respirar en la marea tóxica, discernir el sabor dulce del azúcar entre las oleadas de veneno y alcanzar el alimento que brotaba entre las muertas.
Eran las elegidas para repoblar el mundo. Eran la Resistencia.
En ellas estaba la esencia de sus hermanas y de la Una inicial. Por eso, en honor a sus muertas, en honor a la vida, se alimentaron, crecieron y se dividieron para multiplicarse hasta ser de nuevo millones y volver a sentir la fuerza de su conciencia colectiva. Estaban preparadas para aquella nueva realidad peligrosa y mortal.


*****

La bebé, minúscula en el centro de la cama articulada de hospital, parece una muñeca desmadejada. De la nariz, la boca, el interior del pañal y el brazo salen tubos que, junto con los electrodos del pecho, conectan a cada uno de los doce monitores que la rodean. Goteo de medicamentos, monitorización de frecuencia cardíaca, potencia de respiración, nivel de oxígeno en sangre, y más cosas que la madre no comprende. La sala es amplia, con otras camas y otros niños y personal médico que zumba incansable. Una cortina entre paciente y paciente, generalmente descorrida, es toda la intimidad que se les permite.
Pero la madre no atiende a la extraña sinfonía que conforman las máquinas de respiración asistida, los monitores cardíacos y el murmullo de los profesionales. No siente la falta de intimidad. El doctor de Lila ha venido a hacer su ronda del día y ella absorbe sus palabras como si fueran un sortilegio.
¬–… por eso ha pasado tan mala noche. Cada vez son más frecuentes las resistencias a los antibióticos, pero no debemos perder la esperanza. No olvidemos que con la Axiciclina hemos logrado un éxito sin precedentes: romper el biofilm que encharca los pulmones de su hija, reduciendo drásticamente el foco de infección. Es cierto que la pulmonía está volviendo a ganar terreno, pero hemos detectado a tiempo esta resistencia…
El médico sigue con su discurso, pero la madre ya no lo escucha.
Su intuición era cierta.
La noche en vela, la sensación de que la niña se le iba y su insistencia, ignorada una y otra vez, para que llamaran al médico de guardia. El agotamiento le palpita en las sienes, y la rabia contra los médicos, contra la vida, contra esa mierda de bacterias que están destrozando a su hija, le nubla la vista.
Sólo tenía mocos, joder.
Estaban celebrando la Navidad y Lila tenía demasiados mocos. Recuerda cómo llegaron a Urgencias, aún vestidos de fiesta y con la niña de solo veinte días en brazos, diciendo que les parecía que no respiraba bien. Ya han pasado dos semanas desde entonces. Aún están en la UCI y ella no ha vuelto a salir del hospital. Se cambia de ropa en el baño del pasillo, apenas come ni duerme, vive en una silla y se ha vuelto insensible a su propio agotamiento. No existe para ella otra cosa que el minúsculo espacio de esta cama de hospital, las variaciones de los números en las pantallas, la sucesión de rondas médicas que marcan los tiempos. Y Lila. La infinita Lila, de la que no se despegará mientras sigan peleando, resistiéndose a la infección hasta vencerla y lograr que la vida se descongele de nuevo. Sólo entonces, sólo con Lila, podrá volver a casa.
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