Festín en El Sidrón

No somos monstruos. Somos vástagos de esta tierra, y sus largos inviernos nos obligan a ser crueles, inmisericordes. Llevábamos varias lunas sin probar la carne y nuestros propios cuerpos parecían pieles extendidas sobre ramas.

No fueron prudentes cuando entraron en los bosques dónde han cazado nuestros antepasados. Vieron las piedras apiladas en lo alto de las colinas, y las ignoraron. Vieron los restos de nuestros fuegos en los refugios, y aun así durmieron a su abrigo varias noches. Vieron las marcas en los árboles y las pinturas en las piedras, y nos desafiaron, quedándose.

No deberían de haberse sorprendido cuando llegamos, protegidos por la noche. Hemos recorrido estos bosques desde que nuestras madres nos destetaron, y nos conocemos todos los caminos, cada roca, cada árbol. Por eso no necesitábamos llevar antorchas. Su propio fuego los cegaba, haciendo visibles sus siluetas contra la luz de las llamas. Nos acercamos sigilosamente, como cuando acechamos al jabalí. Teníamos las lanzas y los propulsores preparados, como cuando acechamos al ciervo. Teníamos hambre, como cuando acechamos al urogallo. Los oímos hablar animadamente. El anciano estaba contando una historia junto al fuego, preparando unas flechas bajo la atenta mirada de su descendencia. Ataba las cabezas de las flechas con cuerdas y las fijaba con betún. Estaba tan enfrascado en ello que apenas se dio cuenta de que una lanza acaba de clavarse en el costado de su hijo. El grito que le arrancamos fue la señal para atacar. Decenas de lanzas cayeron sobre ellos, ensartándolos, hiriéndolos. A las lanzas les siguieron nuestros gritos y nuestros garrotes, golpeándoles la cabeza, rápidamente, sin dejarles tiempo a reaccionar. Una de las mujeres consiguió agarrar a su hijo y correr en dirección a los árboles, a pesar de estar herida por una lanza. Pero de poco le sirvió, pues se encontró con mi hija, llevando un hacha en la mano y un propósito en su mente: Comer.

No tuvieron una muerte muy rápida, pero no la alargamos más de lo necesario. Eran 4 mujeres, 3 hombres y 6 más que aun no habían engendrado hijos. Nuestra mujer sabia remarcó que 13 es un buen número. Usamos los cuchillos de pedernal que ellos mismos habían estado preparando para separar la carne de sus huesos. Usamos el mismo fuego que les alumbraba y calentaba para asar su carne. Usamos las piedras en las que se sentaban para partir sus huesos y poder comer su tuétano. Usamos las pieles que les abrigaban para llevarnos la carne sobrante a nuestro refugio.

No os cuento esta historia para que os regocijéis en ella, ni espero perdón o absolución. Os la cuento para que entendáis que sobrevivir no es fácil ni agradable. Cada año los inviernos son más largos, forrajear en el bosque es más difícil y hay menos animales que cazar. Si su clan hubiera encontrado setas en nuestra tierras, tendríais menos setas para vosotros. Si su clan hubiera matado un jabato en nuestras tierras, tendríais que andar más para encontrar caza para vosotros. Su muerte nos ha dado sustento, y nos ha alejado un poco de nuestra propia muerte.

No se si algún día alguien encontrará sus huesos, si alguna persona sabia verá las marcas que dejamos en ellos, si alguien imaginará lo que les pasó. Sólo puedo dar las gracias por su vida, y pedir que no se nos juzgue, si no que se nos entienda.

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Para aprender sobre los neandertales de El Sidrón:

https://doi.org/10.1073/pnas.0609662104
https://doi.org/10.1073/pnas.1011553108
https://doi.org/10.1016/j.aanat.2011.01.014
https://doi.org/10.1016/j.jhevol.2016.12.003
https://doi.org/10.1038/s41598-019-38571-1
https://doi.org/10.1038/nature21674
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