Las cuencas de la Antigüedad

Vassili se incorporó y dejó que resbalasen entre sus manos el martillo y el cincel. Desde que había salido el Sol, había estado eliminando suavemente el sedimento que rodeaba la mandíbula de ciervo que estaba extrayendo. Por supuesto, que no era de un ciervo actual, Vassili era paleontólogo. Formado en la Universidad Imperial de Moscú en Ciencias de la Tierra, se había especializado en el estudio de organismos fósiles del pasado. Gracias a pequeñas donaciones de aristócratas rusos que querían rellenar sus “Gabinetes privados de rarezas”, había podido organizar una expedición a los viejos Urales con un modesto equipo de estudiantes voluntarios. Esta cordillera, una de las más antiguas del mundo, era una muralla aislada, donde los lugareños eran personas cerradas, poco acostumbradas a visitantes.

Su trabajo requería paciencia y precisión, los restos óseos convertidos en roca tendían a romperse con facilidad, pero los días al sol se hacían agotadores, y los excavadores estaban extenuados tras un mes de campaña. Miró al resto de su equipo. A pesar de ser estudiantes jóvenes, sus alumnos se habían adaptado rápido al trabajo duro. Resulta increíble lo fácil que se acostumbra el cuerpo a la exigencia física. Vassili se sorprendió cuando, al extraer la mandíbula, apareció un hueso abombado bajo ella. Por su forma podría ser la epífisis de algún hueso romo. Sin embargo, la sorpresa se la llevo conforme empezó a retirar el sedimento alrededor del hueso, y vio una delgada línea en forma de zig-zag que lo atravesaba. Líneas de sutura.

-Es mi día de suerte, he encontrado un cráneo.

No es fácil encontrar cráneos fósiles. Al ser cavidades huecas, tienden a fracturarse por la energía del agua o por el peso del sedimento que lo rodea. Sin embargo, de vez en cuando se encuentran cráneos completos, y este parecía ser uno de esos casos. Conforme fue rebajando el sedimento, Vassili fue quedándose sin habla. Le asustaba lo humano que era ese cráneo, con una bóveda craneal espaciosa, a pesar de ser lo suficientemente pequeño para abarcarlo con la palma de su mano. La Geología era una ciencia relativamente nueva, pero los humanos no aparecían en estratos tan antiguos.

Los alumnos se amontonaron alrededor de él a escuchar las teorías de su profesor.
-Como podéis ver, la bóveda craneal de este ser era más capaz de lo habitual y el foramen magnum es vertical, lo cual indica una postura erguida.
- ¿Es humano, profesor? Parece muy pequeño. -preguntó uno de los voluntarios.
-Debería serlo, podría ser un ejemplo de pigmeo. Pero no encaja en esta época.

En los días siguientes no apareció ningún “humanoide” más. Dada la rareza del fósil, Vassili decidió mandar a uno de los estudiantes a la ciudad más cercana con una descripción del espécimen. Acompañó al alumno a caballo hasta el pueblo más cercano, donde el tren lo llevaría a la ciudad. Sin embargo, al llegar al poblado, los lugareños parecían más ariscos de lo habitual. “Los secretos de la montaña, pertenecen a la montaña”. Esa frase amenazadora helaba la sangre al oírla en cada esquina de la localidad.

Vassili decidió a investigar antes de volver al campamento, por si alguien había visto algo semejante alguna vez. No es raro que la erosión desentierre huesos, y los lugareños los incluyan en sus leyendas pensado que son de seres mitológicos. Le costó encontrar gente que hablase, pero al final una anciana lo acogió en su casa.

-Son los dezavui. Son restos de los niños muertos que quedan en el limbo. Odiados en el cielo y odiados en el infierno. Este pueblo se erigió sobre un cementerio de dezavui, y nos protegen de los demonios. A cambio de dejarlos en paz. Debe enterrarse en el agujero del que salió.
-No voy a hacer eso, esta es una prueba del origen del ser humano, no es el cráneo de un niño.
-Entiérralo. O te enterrarán a ti.

Azorado, Vassili cogió los caballos y volvió a la excavación. Pero allí ya no había nadie. Las tiendas estaban vacías, y las herramientas de trabajo estaban tiradas por el suelo, como si sus alumnos hubiesen estado trabajando. Tras horas de búsqueda sin éxito, partió asustado, evitando el camino hacia la villa. El cráneo seguía en su equipaje. Se perdió, el bosque era profundo y la noche le atrapó en él. Con una pistola Mauser en la mano, se dispuso a pasar la noche en vela hasta el nacer del sol. En medio de la negrura, le pareció ver dos puntos azules. Como la luz de dos velas se acercaron en la oscuridad hasta su lecho. No pudo moverse, ni tampoco le dio tiempo. Ningún ruido se escuchó. Ni se supo más del Profesor Vassili, ni del resto de la expedición. Solo la descripción de un pequeño cráneo, abandonada en la vieja Universidad Imperial.
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