ORIGEN

Todo empezó con un gesto sutil. La revisión matutina de tuits, con noticias y memes recién horneados, el repaso del muro de Instagram, con su consecuente reparto de «likes», y contestar a las conversaciones de Whatsapp, últimamente con más «gifs» que palabras, le provocaron una tendinitis en el pulgar de la mano derecha. Fue a la fisioterapeuta y ésta le comentó que había un nuevo tratamiento para su lesión. Era una pequeña prótesis de metal con un resorte que se adaptaba al dedo y le ayudaba en todos sus movimientos. Recuperación inmediata y perpetua. Raquel lo tuvo claro. Esa misma noche pudo hacer su rezo habitual antes de ir a dormir: Twitter, Instagram y Youtube. Al día siguiente, en la quedada de los viernes con los amigos, cuando estaban todos sentados alrededor de la mesa de siempre, Raquel escribió en el grupo de Whatsapp: «Ayer me puse el pulgarcito y no veas!! Estoy encantada. Os lo tenéis que poner. Es el futuro».

Acertó. Fue la nueva moda. A los móviles les siguieron las gafas de realidad virtual, las sustitutas naturales. Entonces ya no necesitaba el pulgar. El avance por los muros de las redes sociales se hacía con movimientos del brazo, con más libertad, y las búsquedas con la voz. Al principio eran cosas básicas: redactar correos, contestar a los mensajes de las aplicaciones, ver películas en 3D, etc; pero pronto aumentaron sus prestaciones. Los niños empezaron a asistir al colegio virtualmente y los adultos teletrabajaban. Ya no tenía que asistir a todos esos congresos y mítines. Y con los amigos no quedaba físicamente, al menos, no con sus cuerpos. Nacieron nuevos establecimientos, como las cafeterías en la nube. Las películas interactivas de Netflix como «Bandersnatch» quedaron obsoletas; la persona espectadora era un personaje más, con capacidad de decisión absoluta. Tal era el nivel de realismo que tuvo que dejar de ver películas de miedo cuando casi muere del susto. Morir no, pero por poco se rompe una pierna. Con tantos movimientos bruscos empezó a llevar una prótesis en el brazo derecho, los nuevos complementos para las extremidades.

Llegó un punto en el que estar no fue suficiente, surgió una nueva necesidad: sentir. El mundo digital 3D necesitaba algo más, una cuarta dimensión. Así que a las gafas de realidad virtual les siguieron los trajes sensoriales. Reservó uno meses antes de su estreno. La expectación del traje no podía compararse con nada anterior, ni siquiera con las colas infinitas que se formaban antes de cualquier estreno de un producto de Apple. Hasta fue menor el interés despertado por la inauguración de la estación lunar. Cuando le llegó el traje, cuyo tacto era similar a los trajes de neopreno para buceo, tuvo claro lo primero que iba a hacer: un viaje a Roma, al coliseo. Se podía notar hasta la brisa en la cara. Y el calor. Menos mal que podías regularlo. Si querías podías estar en Cancún con abrigo de plumas. Los encuentros físicos se redujeron al mínimo. Con los nuevos uniformes podías hasta abrazar a la gente. También aparecieron las prótesis de cuerpo entero. Al final no tenías que hacer ningún esfuerzo. El cuerpo se limitaba a ser “útil” para las necesidades básicas: comer, ir al baño, dormir…, cosas fisiológicas. El mundo reducido a cuatro paredes y una nube.

Pero un día la despidieron. Ella, que luchaba por la mejora del país desde hacía veinte años. Ella, que votó a favor del cambio tecnológico. Ahora la sustituían por una inteligencia artificial. El cambio próspero, le argumentaron. Su manera de afrontarlo fue ir de viaje desde el sillón de su casa, pero pronto se cansó. Recuperó el gusto –o más bien la gula– por la comida. El helado fue su salvación y las películas de miedo su terapia. Al final siempre desmontaba el argumento matando al asesino. Para desahogarse ya estaba ella. Un cambio próspero, le argumentaba al cuerpo una vez inerte. Así pasaron los meses. Hasta que, sin previo aviso, le cortaron la luz. ¡La luz! Sin internet. Sin redes sociales. Sin películas. Sin sus prótesis eléctricas. Sin el traje sensorial. Sin, sin, sin. La nada desarmó todo su mundo. Internet se había comido su mundo. Y sin internet no era nada. Nada.

Esa sensación de vacío fue el detonante que le hizo tomar la decisión: se sometería a la intervención, una desconexión tecnológica para retornar a lo analógico. En un mundo tan conectado, es una postura poco compartida. Ni siquiera su familia lo entendió. Quién en su sano juicio lo querría. Una desertora. Pero ella, fiel a unos principios que creía olvidados, sentenció el futuro para brindar una oportunidad al pasado, un retorno al origen. Confirmó con la mirada. Dejó de ser máquina y volvió a ser persona.
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