Un Mundo no tan Ordinario

En un universo muy pero muy pequeño, en realidad ultra pequeño, mejor dicho extra pequeño, donde las medias de los seres que lo habitan, se da en micras, se encuentra el planeta Fusarium PM26, caracterizado por su color purpura, su forma irregular y su textura algodonosa, que, desde tiempos remotos viene creciendo sin parar, a lo largo y ancho de la galaxia más conocida como Andrómeda M31.
Allí residen, viven, se reproducen y mueren un sin número de seres conocidos como “fuserellis“ (Fuse del latín fusarium, rellis aun no determinado).
Estas criaturas miden aproximadamente 4,9 µm de largo y 1,2 µm de ancho, en etapa adulta aparece un flagelo en la parte posterior de su cuerpo que va indicando el fin de su tiempo en la galaxia Andrómeda M31.
Dichos seres puede vivir, gracias al funcionamiento del Operón LLU que por su regulación génica les permite sobrevivir a las adversidades ambientales de su galaxia. La luz actúa como el inductor del Operón LLU se une a la proteína represora LLU I generando un cambio conformacional en la región operadora, dejándola libre y permitiendo así la expresión de la enzima β-llumsidasa la cual crea en su gruesa capa de piel, cubierta de peptidoglucano y terminaciones lipídicas millones y billones de poros diminutos que les permite regular su termostato y de esta manera sobrevivir a las altas temperaturas. Y cuando la luz empieza a desaparecer la proteína del represor LLU I vuelve a su conformación normal, uniéndose nuevamente al sitio promotor eliminando poco a poco y suavemente estos poros, permitiéndoles volver a su espesa y gruesa capa de piel para soportar el frío que llega con la oscuridad.
Su día a día transcurre con normalidad, sin embargo el objetivo de sus vidas más allá de sobrevivir como fuserellis , es estudiar su propio funcionamiento, su fenotipo y genotipo, que es todo un misterio. Hacen relevos para que la investigación no pare, y muy organizadamente por señales químicas se comunican con un lenguaje muy claro y fluido conocido como quorum sensing, sistema de comunicación que aprendían desde el día de su nacimiento.
Los laboratorios donde realizan estos estudios, cuentan con unidades investigativas mas especializadas que hasta los de la propia NASA. Trabajan con determinación y sin entretenimiento, pues en Fusarium PM26 el tiempo es difícil de medir, ni por días, ni horas ni segundos, ni nada conocido como se hace normalmente en el planeta Tierra. El reloj era realmente un artefacto de decoración e inútil, un artefacto que no daba pie con bola, un misterio mas para los habitantes de este lugar.
Aquí en Este peculiar planeta el tiempo era relativo y esquivo, habían periodos lumínicos muy largos o periodos de oscuridad muy cortos y viceversa razón por la cual sentían un afán por reproducirse y por fin en algún momento de su existencia poder descifrar estos misterios. La información que descubrían en algún porcentaje del enigmático tiempo y su legado se heredaba de generación en generación a partir de una estructura presente en sus cuerpos llamados plásmidos, dichas estructuras están repletas de información codificada en genes, que pasaban de generación en generación y así podían mantener segura y clara toda la información de investigaciones pasadas.
Como en todo laboratorios existía un área ultra secreta, donde solo tenían acceso los fuserellis mas conocedores, quienes eran sometidos a entrenamientos específicos de conocimiento, ya que de ellos dependía resolver misterios más complejos. Eran solo 4 afortunados fuserellis, cada uno tenía una clave secreta que solo era posible leer a partir de la retina de uno de sus 16 ojos. Este ingreso les permitía entrar a un lugar mágico pero aterrador una ventana gigante, donde observaban un ir y venir de un objeto extraño grande en forma de huevo, blanco con elipses de colores y muchos pelos, algo inexplicable que iba y venía sin un comportamiento constante.
Lo que no sabían estos fuserellis es que esa gran ventana y ese gran objeto extraño eran el objetivo de 100X de un microscopio de juguete y el ojo y pestañas de Antonia. Una pequeña y curiosa niña de 10 años que había recibido de navidad un microscopio.
Mientras los fuserellis luchaban por responder a los misterios de Fusarium PM26, Antonia en el planeta Tierra, observaba los trozos de pan a los que les aparecían con el tiempo colores verdes, blancos, negros y azulados. Así nació el amor eterno por la ciencia, el planeta Fusarium PM26 y sus habitantes los fuserellis, quienes en algún momento descubrirían que las fases de luz y oscuridad dependían del tiempo que pasaba Antonia en el microscopio, tratando de entender que era lo que le crecía al pan que su mamá botaba a la basura cuando estos colores aparecían en la superficie del pan.
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