Vida universitaria

La misma semana en la que había terminado la quimioterapia llegó el mensaje. Tras leerlo, las encías me escocieron de nuevo. Dirigido a los cinco profesores de la asignatura, contaba que se elegiría un nuevo coordinador. En el plazo de una semana cada uno podía enviar su propuesta a la comisión docente, que decidiría al final. «Se presentarán todos», murmuré, mientras bajaba la tapa del portátil. En mi departamento nadie dejaba pasar la menor oportunidad: a veces un profesor promocionaba por detalles nimios. Cerré los ojos; de la calle subía un traqueteo sincopado. Puse a un lado el ordenador y, a pesar de las llagas, me forcé a comer. Con el primer bocado noté la merluza áspera; el flan del postre me resultó insípido. La siesta fue intranquila, ya sabía lo que tocaba después. Con un café negro, que dejé enfriar, me senté frente al portátil en la mesa de la cocina. Encontré documentos en las webs de otras universidades. Un proyecto de la UPV me pareció interesante; lo bajé, reproduje su estructura y le añadí el temario desglosado. Pero tras describir las dos primeras clases de teoría ya estaba rendida. Guardé el fichero, anduve los dos metros de pasillo hasta el baño y metí la cara bajo el grifo de agua fría: no funcionó. «Bueno, al menos ya he comenzado», me dije al volver a la cocina. En el hospital hacían mucho énfasis en el pensamiento positivo. Y también en la alimentación. Aunque solo usaba platos de postre; los demás dormitaban en la alacena. Antes de ir a la cama, me obligué a tomar un yogur.
Al abrir los ojos la mañana siguiente, recordé las palabras del doctor: «Usted es profesora ¿no? Manténgase ocupada». Preparé un batido de manzana y plátano; lo tomé con una pajita que llegaba bien dentro de la boca. Al principio el líquido se desvió y me escoció un poco. Con el portátil sobre las rodillas, completé las sesiones de teoría y añadí una bibliografía básica. Terminé harta de esa tarea pesada y minuciosa; menos mal que me airearía con la clase de la tarde. Antes de ir al aula pasé por el despacho; en los libros de la estantería encontré el ejemplo que buscaba. Cuando cerraba la puerta, vi a Eduardo y a Rosa hablando en el pasillo. Noté que mi presencia les incomodaba, así que no me detuve e intercambiamos un saludo que sonó a hueco. Di la clase y, como una sombra, volví a casa.
Me despertó el camión de la basura. Aunque era de noche me levanté: quedaba bastante tarea. Cambié la letra de la propuesta de Times a Helvética —buscaba una apariencia más actual— e imprimí el texto. Ya casi tenía veinte páginas. No estaba mal, pero seguro que alguno de mis compañeros presentaría un proyecto mejor. Me resigné; en mi estado no podía hacer más. Además, Eduardo tenía vía libre con el director del departamento, por no hablar de la relación de Rosa con el decano. Esos dos figuraban entre los big names de la facultad, padrinos de los que yo carecía. Quizá por eso tenía clase los viernes por la tarde y los lunes a las ocho de la mañana.
Llegué cansada al fin de semana. El sábado lo tomé como día libre, pero el domingo, después de desayunar, añadí las clases de problemas y unas prácticas continuistas. Me sorprendió una sensación que recordé como hambre. Hice un alto para comer; dos platos despertaron en la alacena. Después de la siesta, definí el procedimiento de evaluación y el spelling checker detectó los errores de tecleo; tras corregirlos, la envié. Liberada, deambulé por el piso con una taza de té verde; la tarde se agotaba en el ventanal. Pero mi mente no salía del campus: me preguntaba si en el departamento se habrían dado cuenta de la enfermedad. No había presentado bajas y no se me había caído el pelo. «Quién sabe», me dije, mejor pensaba en otra cosa.
El plazo acababa el miércoles siguiente, calculé que responderían hoy. Pero ayer jueves, al salir de clase después de las ocho, el móvil registraba varias llamadas perdidas de la secretaria. Antes de ir a mi despacho pasé por su oficina pero estaba cerrada. En el tablón de anuncios, una nota con pocas palabras y mucho espacio en blanco captó mi atención. Me acerqué. En una línea decía que yo había sido elegida nueva coordinadora de la asignatura. Incrédula, abrí bien mis ojos miopes y los aproximé al cristal. No había duda, estaba firmada por el presidente de la comisión con el sello del departamento. Asombrada, me separaba lentamente del tablón cuando reparé en una aclaración al pie: «Solo se ha recibido una propuesta». Tardé unos segundos en comprender lo que aquello significaba.


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