Sueños en el metro

Joan estaba feliz. Le encantaba volver del trabajo los viernes por la tarde. Normalmente se ponía sus AirPods y escuchaba un Podcast, pero otras veces simplemente se reclinaba en el asiento y se dedicaba a mirar a la gente. Le relajaba, en cierta manera, la cotidianidad de las escenas. Al fondo, siempre presente, el suave traqueteo del tren. De pie, apoyados contra una de las puertas del metro, una pareja hablando en voz baja entre miradas cómplices. En el otro vagón, unos adolescentes riendo a carcajadas.

Mientras estaba sumido en sus pensamientos, le pareció ver algo. Un reflejo plateado al fondo, cerca de la puerta. Una figura alta y esbelta. Se levantó de su asiento y fue hacia allá, pero solo pudo ver cómo las puertas se le cerraban en las narices y la figura se perdía en la multitud.

Paula había sido el amor de su vida. De vivos ojos verdes y nariz un poco chata - aunque por alguna razón, resultona - habían conectado desde el primer momento en que se encontraron en clase de química. Paula era muy habladora y desde el primer momento eso había ayudado muchísimo a Joan, algo tímido. Además, estaba muy orgullosa de su pelo completamente plateado - tenía una rara mutación genética por la cual no producía melanina en el cuero cabelludo, pero que curiosamente no parecía comportar ningún otro problema - que según decía, la hacía super cool. Habían sido pareja durante todos los años de Universidad, y se habían ayudado en todo lo que podían.
Esos fueron, sin duda, los años más felices de su vida.

Quizá fuera el aburrimiento, quizá el hecho de no valorarla suficiente, el caso es que, un día, Joan se fue. Se dio cuenta enseguida del error que había cometido, pero entonces ya era demasiado tarde. La había dejado escapar.

El anuncio automático de la siguiente parada - un anodino “Pròxima parada, Verdaguer” - le sacó de su ensimismamiento y le hizo dirigirse otra vez a su asiento. Se recostó e intentó dormir un poco.

Le despertó un pitido continuo, repetitivo, constante. “Pip, pip, pip, pip”. Se encontraba en una habitación completamente blanca y los pitidos parecían venir de un monitor de electrocardiograma. Antes de que se pudiera incorporar, un hombre con una bata blanca entró en la habitación y se dirigió a él.

- "Joan, ahora seguramente estés desorientado, pero en pocos minutos empezarás a recordar. No te preocupes. Es un efecto secundario del tratamiento”.

Y Joan recordó. Recordó cómo había ido al hospital por una revisión rutinaria. Recordó cómo le habían comunicado que tenia un cáncer de pulmón terminal. Y recordó cómo le habían ofrecido un último recurso: un tratamiento alternativo que, probablemente, le llevaría a un estado vegetativo en el que podría experimentar sueños muy vívidos - demasiado vívidos, quizá.
Joan empezó a dudar. ¿Era esto real? ¿O estaba en el metro durmiendo?

En ese momento, notó un zumbido muy fuerte.

Se despertó de golpe - casi le da a la señora de al lado, que le dedicó una mirada furibunda. El familiar traqueteo seguía ahí. “Trac-trac, trac-trac, trac-trac”. La pareja de antes ya no estaba, y en su lugar había una mujer con un carrito. “Pròxima parada, Sagrada Familia”, anunció el altavoz. Esa era su parada. Se preparó para salir. Aún pensando en el sueño que había tenido antes, cogió distraído su mochila y se dirigió a las escaleras mecánicas. Allí notó por el rabillo del ojo que alguien le miraba. Una figura esbelta, con el cabello - ¿podría ser? - plateado. Allí estaba. Paula, el amor de su vida. No sabía qué decir, así que se quedó mirándola, embobado. Paula tomó la palabra.

- “Te vi en el vagón. Lo primero que quise hacer es huir, huir tan lejos como fuera posible. Pero por alguna razón que ni yo entiendo volví a subir. Y aquí estoy. No sé realmente ni porqué lo hice. No quiero que pienses nada. Solo calla y escucha.”

Joan podía percibir cómo sus labios se movían, pero no escuchaba nada de lo que estaba diciendo. Estaba demasiado embobado pensando en que ella; ¡sí, ella! estaba aquí, son su cabello plateado, su nariz chata y sus ojos tan fieros y verdes como siempre. Como si no hubiera pasado un momento. Por fin, quizá, podría recuperar a la parte más importante de su vida.

A lo lejos, o al menos eso le pareció a él, podía escuchar unos pitidos, muy suaves, distantes, pero ahí estaban. “Pip, pip, pip, pip”. Constantes, repetitivos. “Pip, pip, pip, pip”. Como los de un monitor de electrocardiograma. Eran un poco molestos, pero daba igual, pensó. Ahora, por fin, podría estar con Paula otra vez.
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