Un hombre sin sombra

Antonio era un tipo normal, de clase media, estatura mediana, complexión mediana, inteligencia escasa, pero dentro de la media. Sin embargo, tenía una peculiaridad que lo distinguía del resto de humanos, no tenía sombra. Nadie sabía si había nacido con esa característica o la había adquirido a lo largo del tiempo. Tampoco nadie sabía el por qué de tal fenómeno. Él sólo sabía que aquella aberración de la naturaleza había truncado su carrera como maestro de sombras chinas, la ilusión de su vida.

La primera vez que Antonio fue consciente de su especial condición fue durante una excursión a la playa con el colegio; debía rondar los 14 años de edad. Un compañero de clase, “el guasón” fue el primero en darse cuenta. También fue mala suerte, ya que como su mote indicaba no dudo ni un instante en sacarle punta a tal descubrimiento y Antonio pasó de ser un chico de los que pasan desapercibidos a convertirse en el centro de burlas y escarnios. La actitud de sus compañeros de clase lo frustró en gran medida, al igual que la interminable lista de “expertos” que estudiaron su caso.

Primero fueron los médicos, los que, una a una, fueron descartando todas las enfermedades habidas y por haber. Desde unas paperas mal curadas al terrible lupus, tan popular en una serie televisiva de moda. De los médicos pasó a los genéticos moleculares y otros individuos pertenecientes a disciplinas impronunciables. Descartado el no se que de una tercera hebra en una hélice (¡como si fuese un avión!) hasta el transnoseque del genosecuantos. Vamos, un desastre.

La cosa se puso más seria con los físicos. Hablaban de fotones, neutrinos y otras palabras más propias de una película de ciencia ficción que de su persona, humilde y mundana. Por fin llegó un mecánico experto en algo cuántico, que curiosamente era también gran conocedor de gatos, gusanos y sus agujeros, el profesor Franz de Copenhague. Fue él el primero que propuso una teoría coherente. O al menos, eso le parecía. Al parecer, debido a causas desconocidas, su sombra se proyectaba en otra dimensión, y por eso era invisible en la nuestra.

- ¿Pero, tiene arreglo? preguntó Antonio.
- Por supuesto, respondió el sabio.
Lo que no le gustó a Antonio fue lo que vino después. El ilustre profesor propuso que la única manera de curar al sujeto era exponerlo a un choque frontal con no sé que partícula en un circuito de carreras. O al menos eso entendió él. Con calma, le explicaron que no era un circuito cualquiera, que era un acelerador de partículas, por el que no circulaban coches, sino las susodichas partículas. Tampoco le convenció la explicación, pues se imaginó una partícula de esas metiéndosele en el ojo; y si iba a gran velocidad el daño podía ser importante.

Hicieron falta horas de conversación para tranquilizar y convencer a Antonio de la inocuidad del proceso. La conversación entró en su punto álgido cuando le hablaron de que le lanzarían ladrones. A eso Antonio se negó en rotundo. Hadrones, le puntualizó el traductor; son unas partículas formadas por quarks.
- ¿Qué tienen que ver el queso quark en todo esto?, pensó Antonio, pero por agotamiento cedió a las demandas del profesor Franz, el cual parecía curiosamente ilusionado con la excursión al acelerador de Ginebra. Al parecer, no había estado nunca en Suiza y tenía ganas de comprar queso.

Por fin llegó el gran día. Antonio había tenido pesadillas toda la noche con un bote de queso quark que se le incrustaba en el ojo a toda velocidad. Así que puso como condición que llevaría gafas de sol y protectores de rugby. Tras una breve discusión entre el profesor Franz de Copenhague y el director de las instalaciones de Suiza se acordó que eso no sería un problema.

Sin más demora, pusieron a Antonio en medio del circuito y empezaron a jugar con los mandos. Las luces parpadeantes y los ruidos a motores no tranquilizaban precisamente al sujeto experimental, cuya pinta con gafas y vestido para la Super Bowl era cuanto menos curioso. El pobre Antonio, temiéndose lo peor, empezó a sudar de tal manera que pensó que las partículas en vez de acertarle directamente resbalarían por su piel. Eso lo calmó un poco, pero se puso nervioso de nuevo, ya que dejó de sudar. Por fin llegó el momento. Las luces parpadeaban cada vez más rápido y los ruidos irregulares se ensamblaron en un zumbido como si millones de abejas volasen al unísono. Solo le faltaba eso al pobre Antonio, que se imaginó los picotazos.

Un gran flash marcó el final del experimento. Los científicos accedieron al recinto donde dejaron al sujeto experimental. Delante de ellos, una imponente sombra negra se extendía por el suelo. ¡Lo habían conseguido!
Pero, ¿dónde estaba Antonio?



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