Violeta

"Y sí, los primeros pobladores llevaban razón: ciudades masificadas, ecosistemas completamente deteriorados y un clima generalizado de tensión se extendían por el planeta azul. Ante la inminente devastación, se asumió que la única solución posible era el desarrollo tecnológico, que permitiese proteger la humanidad del ambiente hostil que la rodeaba, y la propia mejora genética de los individuos, que garantizase su adaptación ante tales condiciones. Los humanos de nueva generación, editados genéticamente, constituían la clase dominante, mientras que una minoría; los renegados, pobres y excluidos de la sociedad, permanecían ajenos a todo cambio. Un brazalete con las iniciales OGM (organismo genéticamente modificado), obligatorio en la mayoría de los países, permitía distinguirlos. Además, un microprocesador, conectado al sistema nervioso del individuo, junto con un detector CRISPR, aseguraban que todo proceso de edición llevado a cabo quedase registrado, almacenado y puesto en conocimiento del comité regulador. El no cumplimiento de estas medidas suponía el restablecimiento del genoma original, convirtiéndose de este modo en un renegado. Lo que empezó siendo una garantía de supervivencia se convirtió en una extravagancia de la clase alta. Anualmente se celebraba en Nueva York el “Gene World Congress”, una feria para dar a conocer los nuevos genes descubiertos o sintetizados durante ese año, poder adquirirlos e incorporarlos mediante un cómodo kit. Estos podían otorgar características excepcionales o tener una finalidad meramente estética. Así, las personalidades más influyentes del momento conseguían brillar literalmente en las galas mediante la expresión de proteínas fluorescentes y las competiciones deportivas sobrepasaban las limitaciones humanas para convertirse en fastuosas exhibiciones tecnológicas. Los laboratorios eran financiados por las mayores empresas, formaban ligas entre sí y competían por lograr el avance más significativo del año. Una audiencia millonaria seguía apasionada la retransmisión del campeonato, decidiendo finalmente el equipo ganador y premiando generosamente a sus integrantes. La ciencia, en definitiva, pasó a ocupar un lugar crucial en el día a día de las personas".

El holograma se desvaneció por un momento. Miro a mis compañeros, sentados en aquella galería subterránea del archivo histórico gubernamental, encargado de custodiar los recuerdos e información de la era azul. La proyección fue reanudada:

"China logró monopolizar la venta de genes, evadiendo los controles de calidad, abaratando los costes y haciéndolo accesible a un mayor número de personas. En agosto de 2082, distribuyó globalmente la partida “AKT1”, una actualización del gen más vendido. El lote había sido modificado para provocar una deleción letal, lo que supuso la reducción de la población mundial a la mitad. La mayor parte de la clase dominante perdió la vida aquel día. Años más tarde se determinó que se trataba de un ataque bioterrorista y se culpabilizó a los supuestos responsables".

El silencio en la sala se impuso, roto por llantos al corroborar la cruda realidad.

"Simultáneamente, el desarrollo del sector espacial había permitido el diseño de naves capaces de transportar personas hasta la superficie marciana. Además, el descubrimiento de bacterias resistentes en las galerías subterráneas del planeta rojo y su posterior secuenciación, hizo posible conocer qué genes hacían viable la vida en un ambiente tan hostil. El gobierno estadounidense seleccionó a aquellos renegados más aptos para la expedición, humanos libres de la edición genómica que estaban dispuestos a formar parte del programa. Tras varias pruebas que recreaban las condiciones a las que estarían sometidos, se concluyó que estaban preparados para la misión.
Los primeros pobladores del planeta construyeron ciudades subterráneas para garantizar la seguridad y llevaron consigo los últimos avances que hacían posible una vida óptima: se crearon viviendas ecológicas y transportes de alta velocidad que empleaban energías renovables".

El holograma desapareció completamente. El documental “Un punto azul pálido”, en homenaje al apreciado Carl Sagan, había concluido.
Miro mis manos color caoba y me siento afortunada de poder estar hoy aquí. Levanto la vista de nuevo. Una gran variedad de rasgos, procedentes en parte de aquellos valientes renegados que se atrevieron a dar el salto, se entremezclan para conformar lo que hoy somos la octava generación. Actualmente, los humanos estamos ya plenamente adaptados a la vida en superficie, gracias a la tecnología CRISPR, y la creación de pequeñas ciudades autosostenibles tiene siempre como prioridad el respeto del medio que nos rodea. Las antiguas galerías subterráneas constituyen un almacén de recuerdos, un depósito para albergar toda la información de la anterior vida. Mi nombre, Violeta, hace referencia a ese importante salto del azul al rojo, y permite tener presente nuestro pasado, aprender de él y no volver a cometer los mismos errores que nos trajeron hasta aquí.
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