UNA INTRAHISTORIA PARA LA CAÍDA LIBRE DE LOS CUERPOS

Galileo estaba comenzando a desesperarse: su idea inicial de lanzar objetos de distinta masa, tamaño y forma desde la Torre de Pisa no había dado buenos resultados por su incapacidad para medir tiempos tan rápidos con precisión. Ni ganas que le quedaban de seguir intentándolo después de las risas burlonas de los que allí abajo se congregaban… Por ello, había decidido “diluir” el efecto de la gravedad sobre la caída libre de los cuerpos mediante la construcción de un plano inclinado en su propia casa, bien a resguardo de miradas inquisidoras. Así, tras mucho divagar había ideado un modelo consistente en un listón de buena madera, lisa y flexible, al que había hecho excavar un surco central recubierto de suave y terso pergamino por el que poder deslizar con el mínimo rozamiento una bola de bronce bien pulida que descendería de forma delicada por ese plano. Un diseño elegante, sin duda, pero… ¡Seguía con el maldito problema de cómo medir los tiempos de caída!

Su primera opción fue utilizar una clepsidra, un reloj de agua, teniendo la ingeniosa idea de convertir el tiempo en masa para así medir fácilmente cuánto tardaba la bola en recorrer una determinada distancia. Pero un ridículo accidente dio al traste con su genial ocurrencia: su precioso gato se pirraba por las bolitas de bronce que había hecho forjar para sus experimentos, y no tardó en localizar el altillo donde las almacenaba, situado varios palmos por encima de la mesa donde estaba su balanza… Con tan mala suerte para Galileo que su gatito juguetón dio un zarpazo ingenuo pero muy inoportuno a la caja y las bolas cayeron sobre su balanza, dejándola prácticamente inutilizada. Como no podía permitirse el dinero y el tiempo requeridos para su reemplazo, tuvo que pensar en otra alternativa… Y su excelente oído musical le dio la clave. Galileo tenía una sólida formación musical que lo dotaba de un oído envidiable para percibir y delimitar intervalos sonoros, así que… ¿Qué tal si colocaba una serie de campanillas, a intervalos regulares, que sonasen cada vez que la bola en descenso las rozase?

Así que añadió las campanillas a su artilugio y comenzó sus mediciones. Pero pronto se encontró con nuevos desafíos con los que no había contado: tras observar varios descensos, podía apreciar claramente como a medida que la bola descendía la caída se aceleraba y los tiempos a los que alcanzaba la siguiente campanilla eran cada vez más cortos. Sin embargo, se le ocurrió que con su buen oído no sería muy difícil conseguir situar las campanillas entre sí a una distancia tal que la distancia recorrida por la bola en los distintos tramos delimitados por ellas tuviese lugar exactamente en el mismo tiempo, para eliminar el factor de la aceleración de sus mediciones. Con tan ambiciosa idea, Galileo siguió realizando centenares de mediciones: cuánto tiempo tardaba la bola en recorrer el listón completo, cuánto en deslizarse por distintas fracciones de esa distancia, cómo variaban esos tiempos si se cambiaba el ángulo de inclinación del listón… Hasta que se dio por satisfecho con la cantidad de datos recogidos y comenzó con la ardua tarea de analizarlos. Era una labor que no le disgustaba en absoluto, pero muy tediosa, por lo que frecuentemente posponía sus cálculos hasta el día siguiente, y al otro, y al otro… Hasta que un día, tras dar una de las clases particulares a estudiantes adinerados que tantos beneficios le estaban reportando últimamente, apreció casi de pasada una relación entre la distancia recorrida y el tiempo empleado que no tenía nada de aleatoria… Pero eso ya es otra historia mucho mejor recogida en los manuales de Física.
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