El origen

Erraba por sus vastos dominios como alma condenada, esa maldita eternidad pesaba demasiado, esa maldita soledad que antaño no hacía estragos se estaba volviendo asfixiante. ¿Por qué seguir así? Todo lo existente e inexistente era suyo, ¡ja!, la maldita eternidad era suya. Tenía el poder de cambiar las cosas tal y como hasta entonces eran conocidas. ¿Conocidas? ¿Por quién? Él era el único.
Así que viajó durante lustros acompañado de sus pensamientos, y después de múltiples decepciones por fin halló lo que buscaba, un indómito pedazo de roca flotando en el ilimitado Universo. Y bañó el pedazo con ríos, lagos y mares, para después cubrirlo de frondosos e interminables bosques donde dar cobijo a cientos de animales. Dotó a esa tierra de todo lo necesario para la vida, algo hasta entonces inconcebible. Y por último creó a la Criatura, a su imagen y semejanza. Durante mucho tiempo siguió los pasos de su creación, lo que Él denominó su ópera prima, interviniendo allí donde lo creía necesario. Vio con orgullo cómo su creación fue evolucionando siglo tras siglo, cómo enderezó su cuerpo, cómo empezó a utilizar sus manos y a desarrollar su cerebro, perfeccionándolo hasta alcanzar una inteligencia inusitada. Con gran asombro asistió a la transformación de la Criatura en algo nuevo.
Pero llegó un día en que ya no pudo hacer más, en que el maestro fue superado por el alumno. Entonces decidió abandonar a su creación y marcharse hacia otro punto de su eternidad con afán de emprender algo diferente. Tenía una idea que no dejaba de rondar su cabeza, la superación de su ópera prima, la creación de algo mucho más importante y poderoso, algo memorable. Y en ese instante comprendió que ya nunca volvería a estar solo.
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