Luces en el cielo de Júpiter

Aún no había abierto los ojos, pero podía sentir por el incesante pitido en sus oídos que nada iba bien a su alrededor. Cuando la doctora Estela Ulloa consiguió despertarse por completo no daba crédito a lo que veía, los cuerpos de sus compañeros de tripulación flotaban por todo el puente de mando y le costaba fuertemente respirar. Al mirar por una de las escotillas de la nave pudo observar el impactante contraste de imágenes que se sucedían en el exterior: por un lado, se apreciaban desde muy cerca las hermosas bandas gaseosas del gigantesco Júpiter, y por otro, el asolador vacío del espacio exterior donde flotaban inertes los restos de la que apenas unas horas antes había sido una flota de naves de exploración. Tenía ante ella la vista más espléndida y grotesca con la que se había encontrado nunca.

Mientras Estela contemplaba el conjunto de escombros espaciales que se situaba al otro lado del cristal, podía sentir como poco a poco se le agotaba el aire que quedaba en la cubierta. Se sacudió la cabeza con los ojos cerrados, intentando recordar lo que había ocurrido, pero todo en lo que podía pensar era en si todas aquellas horas que pasó sentada detrás de los instrumentos de observación le habrían costado su vida al realizar el quizás mayor descubrimiento del siglo. Tras un excelente paso académico por la escuela avanzada de ciencias, graduándose con honores en astrofísica observacional, fue destinada al prestigioso radio observatorio situado en la estación espacial, un puesto al que muy pocos científicos podían aspirar. Allí, aunque el resto de sus compañeros astrónomos dedicaban todas sus horas de observación al estudio de sistemas y galaxias lejanas, ella seguía convencida de que aún nos quedaba mucho por conocer en nuestro propio sistema y en sus vecindades. Cualquier otra persona lo encontraría absurdo y fútil, pero ella sentía una fascinación indescriptible observando los astros más cercanos en distintas bandas de frecuencia y aplicando distintos filtros al espectro. Seguramente lo que estaba haciendo ya había sido hecho por cientos de astrónomos en décadas anteriores, pero ella adoraba pasar su tiempo libre a solas con los radiotelescopios, y con las distintas melodías que realizaban los circuitos microelectrónicos al interpretar las señales que recibían. Ella sentía que cada planeta entonaba una canción a través de sus instrumentos, y eran las pequeñas cosas como ésta las que le hacían cerciorarse de que estaba justo donde quería estar y justificaban el tan sacrificado esfuerzo que había tenido que realizar para llegar hasta esa posición. Fue en uno de estos momentos cuando encontró por casualidad una muy tenue señal que nunca había sido catalogada hasta entonces, orbitando alrededor de Júpiter y emitiendo pulsos con un patrón claramente reconocible. Con el corazón palpitándole como nunca y las manos sudorosas, pasó las siguientes horas realizando comprobaciones con otros observatorios, pero desde el principio sabía con seguridad de que acababa de realizar el primer contacto con una señal de inteligencia extraterrestre.

Por entonces, el viaje espacial sólo había sido explotado hasta el punto de convertir en algo normalizado los viajes comerciales con la colonia de Marte. La observación de la señal planteó una nueva gran meta y generó en poco tiempo la movilización de recursos a gran escala por parte de los gobiernos de todo el planeta. En tan sólo cinco años, la humanidad había aprendido a trabajar al unísono logrando una de las hazañas más elaboradas hasta el momento: llevar una pequeña flota de naves espaciales hasta el gigante gaseoso, pasando más allá del cinturón de asteroides.

Fueron varios meses de viaje hasta lo que resultó ser un tipo de satélite o estación artificial, y sólo trascurrieron unos pocos días hasta que saltaron las voces de alarma en todas las naves. Alguien había activado algo en el interior de la estructura y una señal mucho más intensa aparecía ahora en los instrumentos de observación. Antes de que nadie pudiera entender la naturaleza de la nueva señal, con un gran destello y un sonido ensordecedor todo había terminado. Por mucho que se esforzase, Estela no podía recordar nada más de lo sucedido, pues todo ocurría demasiado rápido en su cabeza. No habían conseguido entender nada sobre la instalación ni su procedencia, y ahora tampoco podría enviar ningún aviso de lo ocurrido de vuelta a la Tierra, pues todos los circuitos de la nave estaban fritos. Agotando el último aliento de oxígeno que quedaba en la cubierta y haciendo un gran esfuerzo por mantener sus párpados abiertos, lo último que pudieron ver sus encharcados ojos fueron una serie de luces sobre el cielo de Júpiter, desplazándose en dirección al planeta azul.
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