La ciencia en casa

Estaba en la cocina, de pie delante del fregadero. Miraba absorta el remolino que formaba el agua al salir por el desagüe y se imaginaba que estaba volando alto, muy alto, por encima del anticiclón de las Azores, que también gira así, como las agujas de un reloj. De pronto, se acordó del concurso. ¡Qué cosas se le ocurrían! Sonriendo se fue a regar las dos macetas que tenía en el balcón. La hortensia era siempre la primera que se ponía lacia. El laurel tenía más aguante. Mientras les echaba agua reflexionaba sobre esto: Las plantas no tienen corazón -se dijo- así que, para que se les mueva la savia, tienen que sudar. Está claro -concluyó- la hortensia bebe más porque suda más.
Empezaba a anochecer cuando salió a tirar la basura. Al regresar se encontró una cucaracha al lado de la hornilla y rápidamente cogió un bote pulverizador lleno de agua y jabón de potasa. El pobre insecto acabó patas arriba. De nuevo se acordó del concurso y avergonzada trató de quitárselo de la cabeza. ¿Qué podía contar ella? ¡La ciencia estaba tan lejos...!
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